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Adolescencia

Acompañar a un adolescente sin convertir cada diferencia en una batalla

Por Marisa Angulo ·

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Cuando la relación también necesita cambiar

La adolescencia no transforma solamente al adolescente.

Transforma toda la relación.

El hijo que antes necesitaba que eligieras empieza a querer elegir.

El que te contaba cada detalle empieza a reservarse cosas.

El que aceptaba determinadas normas comienza a cuestionarlas.

Y de pronto aparecen conflictos que antes no existían.

A veces pensamos:

“Mi hijo cambió.”

Sí.

Pero nosotros también necesitamos cambiar la forma de acompañarlo.

Y esa transición puede ser incómoda.

Porque durante muchos años una buena parte de nuestra tarea fue proteger.

Anticipar.

Organizar.

Decidir.

Evitar que se hiciera daño.

Ahora necesitamos empezar a tolerar algo mucho más difícil:

que viva experiencias que nosotros no podemos controlar completamente.

Lo que la adolescencia despierta en los padres

Ahí se despiertan muchas heridas adultas.

El miedo a que se equivoque.

La sensación de pérdida.

La dificultad para dejar de ser necesarios.

El temor a que repita historias nuestras.

La necesidad de que aproveche oportunidades que nosotros no tuvimos.

La expectativa sobre quién imaginábamos que sería.

Mirar debajo de la conducta

Por eso, cuando acompaño a familias con adolescentes, no miro solamente al hijo.

Miro la dinámica.

Y una parte fundamental de mi trabajo es la lectura del campo energético.

A través del campo intento comprender aquello que muchas veces todavía no está pudiendo decirse con palabras:

¿Dónde aparece miedo?

¿Dónde hay presión?

¿Dónde hay necesidad de aprobación?

¿Dónde el adolescente se está adaptando demasiado?

¿Dónde está reaccionando para protegerse?

¿Dónde ya existen recursos que los adultos no están viendo?

¿Dónde parece haber conflicto cuando en realidad hay una necesidad de diferenciación?

Las lecturas que he realizado muestran algo que se repite de maneras muy diferentes.

Una adolescente puede parecer desafiante cuando en realidad intenta preservar su identidad.

Otro puede mostrarse inseguro o defensivo porque todavía no confía completamente en que puede ser él mismo y seguir siendo querido.

Otra puede parecer caótica o exagerada cuando su sistema simplemente está reaccionando antes de conseguir organizar lo que siente.

Y otra puede parecer tan fuerte y autorregulada que corremos el riesgo de olvidar que todavía necesita espacio para ser simplemente una adolescente.

El campo me da una primera información.

Después viene mi mirada psicopedagógica.

Porque comprender es solo el comienzo.

Necesitamos traducir esa comprensión en decisiones concretas:

¿Cuándo pongo un límite?

¿Cuándo dejo espacio?

¿Cuándo escucho?

¿Cuándo es mejor no discutir?

¿Cuándo mi hijo necesita una herramienta que todavía no tiene?

¿Cuándo estoy interpretando como rebeldía algo que en realidad forma parte de la construcción de identidad?

¿Cuándo soy yo quien está reaccionando desde el miedo?

Acompañar no significa justificarlo todo

Y aquí hay algo que considero fundamental:

acompañar no significa justificarlo todo.

Los adolescentes necesitan responsabilidad.

Necesitan consecuencias.

Necesitan aprender a reparar.

Necesitan límites.

Pero también necesitan recursos.

No podemos pedir comunicación asertiva si todavía no saben identificar qué están sintiendo.

No podemos pedir regulación si su sistema está desbordado.

No podemos pedir autonomía mientras intervenimos continuamente antes de que puedan intentar resolver.

No podemos pedirles que pongan límites si cada vez que nos los ponen a nosotros los interpretamos como falta de respeto.

Primero recursos, después responsabilidad

Primero construimos recursos.

Después podemos exigir con mayor justicia la capacidad.

Y ahí aparece también el trabajo de los padres.

Porque a veces el recurso que falta no está solamente en el adolescente.

También nosotros necesitamos aprender otra forma de estar.

Menos interpretación inmediata.

Más curiosidad.

Menos necesidad de tener rápidamente una respuesta.

Más capacidad para sostener una pregunta.

“¿Qué está intentando decirme esta conducta?”

“¿Qué se despertó en mí?”

“¿Esto que quiero corregir es realmente importante o simplemente diferente a como yo lo haría?”

“¿Estoy acompañando a mi hijo real o intentando recuperar al hijo que imaginé?”

Una nueva mirada puede cambiar la relación

Ese es el territorio que me interesa.

No trabajo para convertir adolescentes en versiones más cómodas para los adultos.

Trabajo para que podamos comprender qué necesitan para desarrollar recursos, identidad, regulación y autonomía sin romper el vínculo en el proceso.

A veces una familia llega diciendo:

“Ya no sabemos qué hacer.”

Y mi primera tarea no es decirles qué hacer.

Es ayudarles a mirar.

Porque cuando empezamos a ver lo que realmente está ocurriendo debajo de la conducta, muchas veces aparece una forma distinta de acompañar.

Y esa nueva mirada puede ser el comienzo de un cambio profundo en toda la relación.

Si esta lectura te acompañó…

De vez en cuando envío una carta con ideas, reflexiones y nuevas formas de mirar lo que vivimos.

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A través de la lectura del campo energético y mi mirada psicopedagógica, observo qué puede estar ocurriendo debajo de la conducta y lo traduzco en orientaciones concretas para la familia.

CONOCER EL ACOMPAÑAMIENTO EN ADOLESCENCIA →