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Adolescencia

Puede defender a todos menos a sí mismo

Por Marisa Angulo ·

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Defender a otros no es lo mismo que defenderse

Hay adolescentes con un sentido de justicia muy fuerte.

Si ven que alguien está siendo excluido, reaccionan.

Si consideran que un profesor trató injustamente a un compañero, lo dicen.

Defienden amigos.

Se enfrentan a situaciones que otros prefieren evitar.

Y los padres pueden pensar:

“Con esa personalidad, jamás permitirá que nadie pase por encima de él.”

Hasta que descubren que sí.

Que puede defender con enorme fuerza a los demás y, sin embargo, quedarse paralizado cuando quien necesita poner el límite es él mismo.

En una de las lecturas de campo aparecía exactamente esa contradicción.

Había valentía, sensibilidad y un fuerte sentido de justicia. Pero defender a otros permitía utilizar esa fuerza sin exponer la propia vulnerabilidad. Defenderse a sí misma implicaba mostrar aquello que necesitaba proteger.

Esta diferencia es muy importante.

Porque desde fuera podemos decir:

“Pero si tú sabes perfectamente defenderte.”

No necesariamente.

Puede saber defender ideas.

Puede saber defender personas.

Y todavía no saber defender sus propias necesidades.

Para poner un límite necesito reconocer que algo me afecta

Para decir:

“Esto no me gusta”

tengo que reconocer primero que algo me afecta.

Para decir:

“Para”

tengo que aceptar que me siento incómodo.

Para decir:

“No quiero”

tengo que arriesgarme a que el otro se enfade.

Para decir:

“Me dolió”

tengo que mostrar una parte vulnerable.

Y eso puede sentirse muchísimo más peligroso que intervenir por otra persona.

Los límites también se practican en casa

Por eso enseñar límites durante la adolescencia no puede reducirse a:

“Tienes que aprender a decir que no.”

Hay que construir la capacidad.

Podemos empezar por situaciones pequeñas.

Expresar una preferencia.

Pedir tiempo.

Decir:

“No estoy de acuerdo.”

“Prefiero pensarlo.”

“Eso me incomoda.”

“Por favor, deja de hacerlo.”

Son ensayos.

Y cada vez que consigue utilizar su voz y comprueba que el mundo no se derrumba, se construye un poco más de seguridad interna.

También importa muchísimo cómo responde la familia cuando el adolescente pone un límite dentro de casa.

Porque podemos pasar años diciéndole:

“Que nadie te obligue a hacer algo que no quieres”

y después enfadarnos enormemente la primera vez que nos dice:

“No quiero hacer eso.”

Por supuesto, el adolescente no decide todas las normas familiares.

Pero necesita experimentar que su voz puede existir incluso cuando la decisión final no sea la que desea.

Por ejemplo:

“Entiendo que no quieras ir. Esta vez necesitamos que vengas. Pero quiero escuchar qué te incomoda.”

Ahí hacemos dos cosas al mismo tiempo:

mantenemos el límite y reconocemos a la persona.

Utilizar la propia fuerza para protegerse

Cuando leo el campo energético, me interesa observar precisamente dónde está disponible la fuerza y dónde desaparece.

A veces una persona tiene recursos que utiliza perfectamente hacia fuera, pero que todavía no puede dirigir hacia sí misma.

Y eso me da pistas muy concretas para la orientación.

No necesitamos “hacerla más fuerte”.

Quizá ya lo sea.

Necesitamos ayudarla a sentir que también tiene derecho a utilizar esa fuerza para protegerse a sí misma.

En la adolescencia, autodefensa no significa construir una persona dura.

Significa construir una persona que pueda estar vinculada sin tener que renunciar a sí misma para conservar el vínculo.

Y esa capacidad probablemente será una de las herramientas más importantes que llevará a sus relaciones adultas.

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De vez en cuando envío una carta con ideas, reflexiones y nuevas formas de mirar lo que vivimos.

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