Cuando pertenecer empieza a costarle demasiado
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Cuando adaptarse empieza a convertirse en renuncia
Durante la adolescencia, pertenecer puede sentirse casi como una necesidad física.
El grupo empieza a tener un peso enorme.
Quién me invita.
Quién me escribe.
Cómo me visto.
Qué escucho.
Qué digo.
Qué cosas puedo mostrar sin quedar fuera.
Y esto no es necesariamente un problema.
Todos necesitamos adaptar una parte de nosotros cuando nos relacionamos.
No hablamos exactamente igual con nuestros amigos que con nuestros padres. No nos comportamos igual en una comida familiar que en una fiesta.
El problema aparece cuando adaptarse empieza a significar desaparecer un poco para poder pertenecer.
Hay adolescentes que empiezan a callar opiniones que antes expresaban.
Cambian intereses.
Aceptan bromas que les incomodan.
Dicen que sí cuando quieren decir que no.
Se ríen de algo que en realidad les duele.
O empiezan a construir una versión de sí mismos que sienten más aceptable para los demás.
Y los padres muchas veces vemos el cambio, pero no sabemos qué hay debajo.
“Antes era diferente.”
“Desde que se junta con esas amigas no la reconozco.”
“Está obsesionado con encajar.”
“¿Por qué no puede simplemente ser él mismo?”
Ser uno mismo puede sentirse arriesgado
Porque a los catorce, quince o dieciséis años ser uno mismo puede sentirse muy arriesgado.
En algunas lecturas de campo aparece con mucha claridad la tensión entre autenticidad y pertenencia: adolescentes con criterio, sensibilidad, inteligencia y fuerza interna que, sin embargo, temen que para ser aceptados tengan que ceder partes importantes de sí mismos.
A veces incluso pueden defender con enorme fuerza a otra persona y, sin embargo, quedarse pequeños cuando tienen que defenderse a sí mismos.
¿Por qué?
Porque defender a otro activa la valentía.
Defenderse uno mismo activa también la vulnerabilidad.
Significa decir:
“Esto me dolió.”
“No me gusta.”
“No quiero hacer esto.”
“Tengo miedo de que, si digo que no, dejen de quererme.”
Eso ya es otra cosa.
Enseñar a diferenciar pertenencia de pérdida personal
Cuando leo un campo adolescente, me interesa mucho observar cómo se organiza esa relación con los demás.
¿Se modifica demasiado dependiendo de con quién esté?
¿Parece absorber con facilidad expectativas ajenas?
¿Tiene una base interna suficientemente estable para diferenciar lo suyo de lo que el grupo espera?
¿Hay miedo a quedarse fuera?
¿Hay una necesidad muy intensa de validación?
No para etiquetarlo, sino para entender qué necesita aprender.
Porque decirle simplemente:
“No hagas caso a lo que piensen los demás”
sirve de bastante poco.
Incluso muchos adultos no sabemos hacerlo.
Lo que podemos enseñar es algo más concreto.
Por ejemplo:
“¿Estás diciendo que sí porque quieres o porque tienes miedo de que se enfaden?”
“¿Esto te incomoda un poco porque es nuevo, o sientes que estás traicionando algo importante para ti?”
“¿Qué parte podrías negociar y qué parte no quieres entregar?”
Son preguntas pequeñas, pero ayudan a construir una capacidad enorme:
diferenciar adaptación de renuncia personal.
La familia como lugar donde no necesita actuar
También necesitamos mirar qué nos pasa a nosotros como padres cuando vemos a nuestros hijos intentando pertenecer.
A veces nuestra preocupación nos lleva a controlar demasiado.
Queremos decidir quién les conviene.
Qué amistad es “buena”.
Qué grupo es “malo”.
Qué ropa es adecuada.
Qué influencia deberían evitar.
Y puede haber situaciones en las que efectivamente necesitemos intervenir.
Pero otras veces nuestro miedo nos hace intentar resolver desde fuera algo que el adolescente necesita aprender a discernir desde dentro.
Nuestro trabajo no puede consistir únicamente en elegir bien por ellos.
Tiene que llegar un momento en que puedan empezar a preguntarse:
“¿Cómo me siento cuando estoy con estas personas?”
“¿Puedo ser yo?”
“¿Necesito estar permanentemente pendiente de cómo me perciben?”
“¿Salgo de este vínculo sintiéndome más yo o más pequeño?”
Eso es seguridad interna.
Y no aparece porque se lo expliquemos una vez.
Se construye en cientos de experiencias pequeñas en las que el adolescente descubre que puede expresar una diferencia, poner un límite o mostrar una parte auténtica de sí mismo y seguir perteneciendo.
Por eso la familia continúa siendo tan importante incluso cuando parece que el grupo lo es todo.
La casa puede convertirse en el lugar donde no necesita actuar.
Donde puede quitarse la máscara.
Donde no tiene que demostrar que encaja.
Donde puede decir:
“No sé.”
“Me equivoqué.”
“Me dejaron fuera.”
“Quería caerles bien.”
Y encontrar curiosidad antes que juicio.
Cuando leo el campo energético de un adolescente, muchas veces lo que aparece no es falta de recursos.
Los recursos están.
Hay sensibilidad, criterio, fuerza, inteligencia.
Lo que necesita construirse es suficiente seguridad para utilizarlos cuando pertenecer parece estar en juego.
Quizá una de las tareas más profundas de esta etapa sea precisamente esa:
descubrir que pertenecer no debería exigir dejar de pertenecerse a uno mismo.
Si esta lectura te acompañó…
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