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Adolescencia

Ser fuerte no significa no necesitarte

Por Marisa Angulo ·

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Cuando su capacidad hace que esperemos demasiado

Hay hijos que llaman nuestra atención constantemente.

Y otros que, precisamente porque funcionan bien, pueden empezar a desaparecer un poco de nuestro radar.

Son responsables.

Parecen saber lo que quieren.

Se regulan.

No necesitan que estemos detrás de ellos.

Resuelven sus problemas.

Incluso pueden mostrarse emocionalmente más maduros que otros chicos de su edad.

Y entonces ocurre algo muy humano:

empezamos a esperar más de ellos porque pueden.

En el campo de una chica aparecía una organización interna especialmente sólida para su edad: capacidad de autorregulación, buenos límites, percepción clara del entorno y una facilidad natural para no fusionarse con todo lo que ocurre a su alrededor.

Pero junto a esa fortaleza aparecía una advertencia importante:

los niños que parecen tan fuertes pueden hacer que los adultos olvidemos que siguen siendo niños.

Y eso merece mucha atención.

Porque el hijo que “puede con todo” puede convertirse sin darnos cuenta en:

el que siempre comprende.

el que no necesita ayuda.

el que sabe esperar.

el que tolera más.

el que no queremos preocupar porque “él está bien”.

O incluso el que empieza a recibir información o responsabilidades emocionales que no le corresponden.

“No se lo cuento a tu hermano porque se preocupa mucho, pero contigo sí puedo hablar.”

Parece un elogio.

Puede convertirse en una carga.

La madurez de un adolescente no debería transformarse en la obligación de sostener a los adultos.

Necesita seguir teniendo derecho a ser inmaduro en algunas cosas.

A aburrirse.

A equivocarse.

A no saber qué quiere.

A comportarse de acuerdo con su edad.

A necesitar compañía, aunque normalmente no la pida.

Autonomía no significa ausencia de necesidad

Esto también desafía a los padres porque tendemos a intervenir donde hay problemas.

Si un hijo está regulado, pensamos que nuestro trabajo está hecho.

Pero acompañar no es solamente resolver dificultad.

También es estar disponible donde aparentemente no hace falta.

A veces podemos acercarnos sin interrogatorio.

“¿Cómo estás?”

Y si responde “bien”, no necesitamos sacar información.

Podemos simplemente compartir.

Hacer algo juntos.

Dejar una puerta abierta.

El adolescente autónomo necesita experimentar que el vínculo no depende de necesitar ayuda.

Que puede acercarse simplemente porque quiere.

Cuando leo un campo energético, también busco recursos.

No leo únicamente heridas, bloqueos o conflictos.

Eso es importante porque una orientación basada solo en lo que falta puede hacer que los padres conviertan a su hijo en un proyecto que arreglar.

En algunos adolescentes aparecen capacidades muy desarrolladas.

Y la orientación puede consistir precisamente en no interferir demasiado con aquello que ya funciona.

Sostener el entorno.

Dar libertad.

Mantener límites claros.

Y permitir que siga creciendo sin imponerle una profundidad o responsabilidad que todavía no le corresponde.

Hay una paradoja bonita en la adolescencia:

nuestros hijos necesitan cada vez menos que hagamos las cosas por ellos, pero siguen necesitando profundamente sentir que hay un lugar al que pueden volver.

La autonomía sana no se construye rompiendo el vínculo.

Se construye desde la seguridad de que el vínculo existe incluso cuando no lo estamos utilizando.

Por eso, si tienes un hijo “fácil”, quizá la pregunta no sea:

“¿Qué problema tengo que mirar?”

Tal vez sea algo mucho más sencillo:

“¿Le sigo dando permiso para ser hijo, incluso cuando parece capaz de ser mucho más?”

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