Validar antes de corregir
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¿Está en condiciones de escuchar una corrección?
Imagina una escena bastante cotidiana.
Tu hijo llega enfadado.
Ha discutido con alguien. Ha dicho algo que no debía. Ha reaccionado de manera exagerada.
Te cuenta lo sucedido y tú, desde fuera, ves rápidamente lo que hizo mal.
Entonces haces lo que hacemos los adultos casi de manera automática:
corriges.
“Pero tú tampoco puedes hablarle así.”
“Te lo tomaste demasiado a pecho.”
“Tenías que haberlo pensado antes.”
“Siempre haces lo mismo.”
Quizá incluso tengas razón.
Pero hay una pregunta anterior que puede cambiar toda la conversación:
¿en ese momento tu hijo está en condiciones de recibir una corrección?
En algunas lecturas de campo adolescente aparece una sensibilidad enorme al juicio, al rechazo y a la posibilidad de decepcionar a quienes aman.
Pueden entender perfectamente que actuaron mal y, aun así, sentirse tan expuestos emocionalmente que cualquier corrección entra como una confirmación de algo mucho más doloroso:
“Hay algo mal en mí.”
En un chico, por ejemplo, aparecía mucha sensibilidad, necesidad de aprobación y miedo alrededor de su propia voz: miedo a equivocarse, quedar expuesto, ser juzgado o perder aceptación. La orientación a su familia fue muy clara: primero ayudarlo a sentirse comprendido; después orientar.
Validar no significa aprobar
Validar no significa aprobar.
Esta diferencia es fundamental.
Validar puede ser decir:
“Entiendo que te dolió muchísimo.”
sin decir:
“Estuvo bien que insultaras.”
Podemos decir:
“Entiendo que te sentiste excluida.”
y después:
“Veamos cómo podrías reaccionar la próxima vez.”
Podemos reconocer la emoción sin justificar la conducta.
Pero cuando corregimos demasiado pronto, el adolescente muchas veces ya no escucha lo segundo.
Su organismo entró en defensa con lo primero.
Y ahí aparece otra dimensión que observo mucho en la lectura energética: qué pasa en el cuerpo cuando la persona siente que está siendo evaluada.
Algunos adolescentes se cierran.
Otros atacan.
Otros justifican todo.
Otros lloran.
Otros responden:
“¡Da igual!”
y se van.
Desde fuera parecen comportamientos distintos.
Pero debajo puede estar ocurriendo algo parecido:
“Necesito protegerme de sentir que no soy suficiente.”
Cuando entendemos eso, también cambia nuestra intervención.
A veces podemos probar:
“Antes de hablar de lo que hiciste, quiero entender qué te pasó.”
O:
“Sé que hubo cosas que no manejaste bien. Llegaremos a eso. Primero cuéntame qué fue lo que más te dolió.”
La diferencia puede parecer pequeña.
Para el sistema del adolescente no lo es.
Primero necesito sentir que sigues conmigo
Primero recibe:
“Sigo contigo.”
Y después puede escuchar:
“Hay algo que necesitas aprender.”
Eso es muy distinto de sentir:
“Solo puedo estar contigo cuando haces las cosas correctamente.”
Comprender puede hacer que el límite sea escuchado
También necesitamos revisar la manera en que los adultos fuimos educados.
Muchos aprendimos que validar emociones era “dar la razón”.
Que escuchar demasiado hacía a los hijos débiles.
Que si no corregíamos inmediatamente, estábamos siendo permisivos.
Pero se puede ser firme y profundamente comprensivo al mismo tiempo.
De hecho, muchas veces la comprensión aumenta la posibilidad de que el límite sea escuchado.
Porque el adolescente deja de gastar energía defendiendo su identidad y puede utilizarla para observar su comportamiento.
En mis acompañamientos con familias, la lectura del campo energético me ayuda precisamente a identificar qué parte del adolescente está intentando protegerse.
A veces la conducta visible parece arrogancia y debajo hay vergüenza.
Parece indiferencia y debajo hay miedo.
Parece rabia y debajo hay sensación de no ser comprendido.
Esto no convierte toda reacción en algo aceptable.
Pero nos permite responder con mucha más precisión.
Y después llega la parte psicopedagógica:
¿Cómo ayudamos a poner lenguaje?
¿Cómo construimos una pausa antes de responder?
¿Cómo diferenciamos emoción de conducta?
¿Cómo enseñamos reparación?
¿Cómo sostenemos límites sin convertirlos en rechazo?
La meta no es criar adolescentes que nunca reaccionen mal.
Eso no existe.
La meta es que puedan ir desarrollando suficientes recursos para darse cuenta de lo que sienten, expresarlo con más claridad, reparar cuando sea necesario y tolerar que equivocarse no pone en riesgo su valor.
Y para que puedan aprender eso, muchas veces necesitan experimentar primero algo muy sencillo:
ser comprendidos antes de ser corregidos.
Si esta lectura te acompañó…
De vez en cuando envío una carta con ideas, reflexiones y nuevas formas de mirar lo que vivimos.
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Si quieres comprender qué puede estar ocurriendo debajo de la conducta de tu hijo y recibir una orientación concreta para vuestra situación, puedes conocer mi acompañamiento a familias.