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Autonomía: ayudarlos a crecer sin hacerlo todo por ellos

Por Marisa Angulo ·

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Ayudar no siempre significa hacer

Cuando tenemos un hijo que necesita más ayuda que otros niños, es muy fácil terminar haciendo por él muchas cosas.

A veces porque queremos evitarle una frustración.

A veces porque sabemos que tardará más.

A veces porque estamos apurados.

Y otras simplemente porque pensamos:

“No puede.”

Pero una de las cosas que fui aprendiendo con los años es que muchas veces no sabemos realmente de qué son capaces hasta que les damos la oportunidad de intentarlo.

La autonomía también necesita práctica

En el libro cuento el caso de un adolescente de 14 años que nunca había exprimido un limón porque su mamá decía que era muy torpe.

Tampoco se peinaba solo porque ella consideraba que lo hacía mal.

Ese día, cuando llegué a mi casa, llevé a mi hijo frente al espejo y le enseñé a peinarse.

Desde entonces tuvo que hacerlo él.

Aunque al principio quedara un poco chueco.

Porque si esperamos a que algo salga perfecto para permitirles hacerlo solos, probablemente nunca llegará ese momento.

La autonomía también se aprende practicándola.

Y muchas veces implica soportar nosotros que las cosas tarden más, que no queden como las haríamos nosotros o que el niño tenga que equivocarse varias veces antes de conseguirlo.

Ayudar no siempre significa hacer.

A veces ayudar significa enseñar el primer paso.

Después el segundo.

Después mirar desde un poco más lejos.

Y finalmente retirarnos.

Utilizar intereses y fortalezas como puertas de aprendizaje

En mi experiencia, además, hay algo que puede convertirse en un enorme aliado para construir esa autonomía:

sus propios intereses y fortalezas.

Durante mucho tiempo se habló de las obsesiones o intereses restringidos únicamente como algo que había que controlar.

Yo aprendí a mirarlos también como una puerta.

Porque aquello que realmente les interesa puede convertirse en una motivación potentísima para aprender cosas que de otra manera no tendrían ningún sentido para ellos.

Mi hijo estuvo durante años fascinado por los animales.

Los animales aparecían en sus dibujos, en sus juegos, en lo que quería leer y hasta en la manera en que imaginaba su futuro.

Cuando no encontraba ninguna razón para estudiar, le preguntamos qué quería hacer cuando fuera grande.

Su respuesta fue clara:

quería tener un zoológico.

Entonces pudimos mostrarle que, si quería tener un zoológico, necesitaría aprender a leer, escribir, sumar, conocer ciencias y muchas otras cosas.

De pronto, aquello que para él no tenía sentido empezó a tenerlo.

No porque hubiera dejado de costarle.

Sino porque había encontrado un para qué.

Y eso cambió mi manera de mirar sus intereses.

Empecé a pensar:

“¿Qué me está mostrando esto sobre él?”

“¿Qué capacidad puede haber detrás?”

“¿Hasta dónde podría llegar si la desarrollamos?”

En el libro cuento también cómo el dibujo y la pintura fueron durante años una de sus grandes fortalezas. Ganó concursos, recibió reconocimiento y, además de desarrollar una habilidad, empezó a verse a sí mismo como alguien capaz.

Eso también construye autonomía.

Porque una persona que sabe que puede hacer cosas bien se enfrenta al mundo desde otro lugar.

No todo tiene que convertirse en una profesión.

Pero los intereses pueden mostrarnos caminos.

Arte.

Música.

Animales.

Tecnología.

Fotografía.

Números.

Mapas.

Idiomas.

Códigos.

Construcciones.

Aquello que desde fuera parece una obsesión puede esconder una capacidad que merece ser explorada.

Las responsabilidades cotidianas también construyen independencia

Y al mismo tiempo tendremos que seguir enseñando todo aquello que la vida diaria requiere.

Tener responsabilidades en casa.

Recoger.

Ordenar.

Cuidar sus cosas.

Aprender a cocinar algo sencillo.

Manejar dinero.

Comprar.

Preguntar.

Pedir ayuda.

Desplazarse.

Resolver pequeños problemas.

En casa, por ejemplo, aprendimos que formar parte de una familia también significa colaborar. Mi hijo aprendió a recoger los platos, ayudar y asumir responsabilidades como algo natural, no como un favor excepcional.

Primero hacemos juntos, después vamos soltando

Porque la autonomía no aparece de repente a los 18 años.

Se construye desde muchísimo antes.

Con pequeñas experiencias repetidas todos los días.

Y eso exige algo difícil para los padres:

ir soltando.

Primero hacemos con ellos.

Después estamos al lado.

Luego observamos.

Y finalmente confiamos.

No siempre será una línea recta.

Puede haber cosas que hagan completamente solos y otras para las que sigan necesitando apoyo mucho tiempo.

Puede haber nuevas etapas que vuelvan a requerir orientación.

Eso no invalida todo lo anterior.

La autonomía no significa no necesitar nunca a nadie.

Significa contar cada vez con más recursos propios para poder desenvolverse en la vida.

¿Esto que hago por él hoy lo ayuda a poder hacerlo solo mañana?

Por eso, cuando miro hacia atrás, creo que una pregunta me acompañó durante todo el camino, incluso antes de formularla de esta manera:

“¿Esto que estoy haciendo por él hoy lo ayuda a poder hacerlo solo mañana?”

Porque protegerlos de toda dificultad puede tranquilizarnos en el momento.

Pero enseñarles a atravesarla, con las ayudas que necesiten, es lo que les va dando herramientas para el futuro.

Y quizá ahí está el verdadero objetivo de todo este recorrido.

Comprender cómo piensan.

Entender lo sensorial.

Aprender a leer la conducta.

Ayudarlos a comunicarse.

Enseñarles a socializar.

Reconocer sus fortalezas.

Darles estructura.

Acompañarlos.

Y poco a poco ir dejando espacio para que sean ellos quienes conduzcan su propia vida.

No se trata de hacer el camino por ellos.

Se trata de darles las herramientas necesarias para que algún día puedan recorrerlo por sí mismos.

Si esta lectura te acompañó…

De vez en cuando envío una carta con ideas, reflexiones y nuevas formas de mirar lo que vivimos.

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