Funciones ejecutivas: saber qué hacer no significa poder hacerlo
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Hay niños que saben perfectamente qué tienen que hacer… y, sin embargo, no lo hacen.
Saben que deben empezar la tarea, pero no empiezan.
Saben qué cosas tienen que meter en la mochila, pero se olvidan.
Saben los pasos de una actividad, pero se pierden a mitad de camino.
Saben que tienen que dejar algo y pasar a otra cosa, pero no consiguen soltarlo.
Desde fuera puede parecer flojera, desorden, falta de interés o incluso desafío.
Pero muchas veces detrás hay dificultades en las funciones ejecutivas.
Las funciones ejecutivas son las habilidades que nos permiten organizar, planificar, mantener la atención, recordar lo necesario mientras hacemos una tarea, controlar impulsos, cambiar de estrategia y llevar una acción hasta el final.
A mí siempre me ayudó mucho imaginar estas funciones como una especie de secretaria interna que organiza todo lo que tenemos que hacer.
Saber no siempre significa poder ponerlo en marcha
El problema no está necesariamente en saber.
Puede estar en cómo poner en marcha lo que ya se sabe.
Por eso podemos encontrarnos con un niño muy inteligente que, sin embargo, no sabe por dónde empezar una tarea, pierde constantemente sus cosas, se atasca cuando hay varios pasos o necesita que alguien de fuera le ayude a organizar una secuencia.
La torre de control del cerebro
En el libro también uso la imagen de una torre de control de aeropuerto.
Puede haber aviones extraordinarios, sofisticados, capaces de hacer muchísimo. Pero si la torre de control tiene dificultades para coordinar cuándo despegan, dónde aterrizan o qué debe atender primero, todo el sistema puede bloquearse.
Algo parecido puede ocurrir con la atención.
No siempre se trata de que el niño “no preste atención”. A veces le resulta difícil regular dónde pone esa atención y cuándo debe moverla hacia otra cosa.
Puede desconectarse completamente de algo que no le interesa y, al mismo tiempo, permanecer concentrado durante muchísimo tiempo en aquello que sí le interesa. Incluso puede resultarle muy difícil detener una actividad una vez que está inmerso en ella.
Cuando una instrucción contiene diez pasos
También puede costarle planificar.
Para nosotros, “prepárate para salir” puede parecer una indicación sencilla.
Pero dentro de esa frase hay muchos pasos:
vestirse, buscar los zapatos, revisar qué necesita llevar, guardar sus cosas, calcular el tiempo, terminar lo que estaba haciendo y cambiar a la nueva actividad.
Nosotros vemos una acción.
Él puede estar enfrentándose a diez.
Organizar desde fuera para construir organización interna
Y entonces aparece una idea que cambia mucho la manera de acompañarlos:
si no puede organizarse desde dentro, durante un tiempo tendremos que ayudarlo a organizarse desde fuera.
Hacer visibles los pasos.
Dividir una tarea.
Anticipar.
Dar una indicación cada vez.
Ayudarlo a establecer por dónde empezar y qué viene después.
No para hacer las cosas por él.
Sino para que, poco a poco, pueda ir apropiándose de esa estructura.
Porque a veces un niño sí sabe.
Lo que todavía necesita aprender es cómo convertir eso que sabe en una acción organizada.
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De vez en cuando envío una carta con ideas, reflexiones y nuevas formas de mirar lo que vivimos.
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