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No se trata de "arreglarlo"

Por Marisa Angulo ·

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Cuando buscaba una solución rápida

Hubo una época en la que yo buscaba una solución rápida.

Algo que hiciera desaparecer las dificultades.

Algo que nos devolviera a la vida que habíamos imaginado.

Incluso llegué a viajar con mi hijo a Costa Rica pensando, ingenuamente, que quizá en quince días encontraríamos la respuesta que estábamos buscando.

Hoy miro esa etapa con mucha ternura porque entiendo perfectamente de dónde venía.

Del miedo.

De la incertidumbre.

De no saber qué hacer.

De querer ayudarlo y no tener todavía las herramientas para comprenderlo.

Comprender antes de intentar cambiar

Pero con el tiempo fui entendiendo algo mucho más importante:

mi hijo no estaba roto.

No necesitaba que lo convirtiera en otra persona.

Necesitaba que yo aprendiera a comprender quién era, cómo pensaba, qué sentía, qué le costaba, qué necesitaba y también cuáles eran sus fortalezas.

Eso no significaba dejar de enseñarle.

Ni dejar de intervenir.

Ni pensar que todo daba igual.

Al contrario.

Significaba poder enseñarle mucho mejor porque ya no partía de la idea de cambiar quién era, sino de ayudarlo a desarrollar las herramientas que necesitaba para vivir con mayor autonomía, bienestar y seguridad.

Cada persona necesita apoyos diferentes

En el libro digo que un diagnóstico puede ser muy útil para orientarnos, pero que nuestra mirada tiene que ir mucho más allá de esa etiqueta y dirigirse hacia las características particulares de cada niño.

Porque dos personas autistas pueden necesitar cosas completamente distintas.

Una puede necesitar mucho apoyo para comunicarse.

Otra para organizarse.

Otra para comprender lo social.

Otra para manejar la sobrecarga sensorial.

Y casi siempre habrá una combinación única de todo ello.

Por eso el camino no puede ser:

“¿Cómo hacemos que se parezca más a los demás?”

La pregunta tendría que ser:

“¿Qué necesita aprender esta persona para poder desenvolverse en el mundo sin perder quién es?”

Ayudarlo a vivir sin perder quién es

Con mi hijo fuimos trabajando durante años en autonomía, comunicación, habilidades sociales, regulación, aprendizaje y muchísimas situaciones cotidianas.

Pero hubo algo que para mí siempre estuvo por encima de todo:

que se sintiera bien consigo mismo.

Que supiera que no era mejor ni peor que nadie.

Que era distinto.

Y que esas diferencias podían traer dificultades, pero también fortalezas.

Hoy sigo creyendo que ese es uno de los mayores regalos que podemos darles.

No construir una vida alrededor de intentar “normalizarlos”.

Sino ayudarlos a conocerse, aceptarse, desarrollar sus capacidades y adquirir las herramientas que necesiten para poder elegir su propio camino.

Porque el objetivo final no debería ser que parezcan menos autistas.

Debería ser que puedan llegar a ser adultos autónomos, seguros y lo más felices posible siendo quienes son.

Si esta lectura te acompañó…

De vez en cuando envío una carta con ideas, reflexiones y nuevas formas de mirar lo que vivimos.

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