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Adolescencia

Ser justo no siempre significa dar lo mismo

Por Marisa Angulo ·

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A veces los padres intentamos ser justos dando exactamente lo mismo a todos nuestros hijos.

Mismas reglas.
Mismos tiempos.
Mismas oportunidades.
Mismas consecuencias.
Misma cantidad de atención.
Mismo tipo de ayuda.

Y, en teoría, suena correcto.

La vida no reparte experiencias idénticas

Pero la vida no funciona así.

Un hijo nace antes y, por tanto, antes podrá sacar la licencia de conducir.

Uno puede vivir una etapa de la familia en la que hay mayor estabilidad económica, mientras otro atraviesa años distintos.

Uno puede necesitar más apoyo durante una época.

Otro puede estar preparado para asumir más autonomía.

Uno puede necesitar más tiempo para procesar una situación.

Otro puede necesitar que dejemos de intervenir tanto.

Entonces aparece una pregunta:

¿Ser justos significaría intentar igualar todas las experiencias?

Probablemente no.

Porque la vida trae etapas, circunstancias y posibilidades diferentes.

Y ser parte de la misma familia no significa vivir exactamente la misma historia.

A veces esto despierta mucha culpa en los padres.

“Con él pudimos hacer esto y con ella no.”

“A uno le dimos más.”

“Este necesitó tanta atención que quizá los otros recibieron menos.”

“Cuando nació el mayor teníamos una situación económica distinta.”

Y entonces aparece la necesidad de compensar.

De igualar.

De intentar que nadie pueda decir algún día:

“A él le dieron más que a mí.”

Igualdad y justicia no son lo mismo

Pero quizá la pregunta no sea:

¿Les di exactamente lo mismo?

Quizá sea:

¿Pude mirar qué necesitaba cada uno en el momento que estaba viviendo?

Porque justicia no siempre es igualdad.

A veces justicia es equidad.

Dar a cada uno lo que necesita para poder desarrollarse.

Y eso significa aceptar algo que puede resultar incómodo:

nuestros hijos no son iguales.

No tienen el mismo temperamento.

No tienen la misma sensibilidad.

No tienen los mismos recursos.

No llegan al mundo en el mismo momento.

No viven las mismas circunstancias familiares.

Y tampoco interpretan lo que viven de la misma manera.

Cada hijo vive la familia desde su propio proceso

Cada uno experimentará la familia desde su propio proceso.

Desde su personalidad.

Desde su sensibilidad.

Desde sus recursos.

Desde sus heridas, porque todos tenemos alguna.

Desde su manera particular de percibir el mundo.

Por eso pertenecer a una misma familia no debería significar convertirse en una copia de los demás.

Sin embargo, hay familias donde existe una expectativa silenciosa de uniformidad.

“Aquí pensamos así.”

“En esta familia somos de esta manera.”

“No entiendo cómo puedes verlo diferente.”

“¿Cómo puedes sentir eso si todos vivimos lo mismo?”

Pero no todos viven lo mismo.

Aunque estén dentro de la misma casa.

Dos hermanos pueden atravesar exactamente una misma situación y construir experiencias completamente distintas.

Uno puede recordarla como algo doloroso.

Otro como algo sin demasiada importancia.

Uno puede necesitar hablar.

Otro silencio.

Uno puede perdonar rápido.

Otro necesitar mucho más tiempo.

Y ninguna de esas diferencias convierte necesariamente a uno en correcto y al otro en equivocado.

Amar también es respetar la diferencia

Para mí, amar también es respetar.

Y respetar implica aceptar que otra persona puede pensar, sentir o interpretar algo de una manera distinta a la nuestra.

Podemos decir:

“No pienso como tú, pero quiero entender cómo lo ves.”

“No estoy de acuerdo, pero puedo escuchar lo que sientes.”

“Puedo poner un límite sin negar tu experiencia.”

Eso es muy distinto de pensar que validar significa aceptar todo.

No significa eso.

Validar no significa aceptar todo

Validar no es decir que cualquier conducta está bien.

No es renunciar a los límites.

No es dejar de orientar.

Significa reconocer que la experiencia interna del otro existe, aunque no coincida con la nuestra.

Un hijo puede pensar diferente.

Puede tener otros valores.

Puede reaccionar de otra manera.

Puede necesitar algo distinto.

Y seguir perteneciendo.

Seguir siendo amado.

Seguir teniendo un lugar dentro de la familia.

Una familia no necesita pensar igual para seguir unida

Quizá una familia armoniosa no sea aquella donde todos piensan igual.

Quizá sea aquella donde puede existir diferencia sin que la diferencia ponga en riesgo el vínculo.

Donde un hijo pueda decir:

“Yo lo veo distinto.”

sin sentir que está traicionando a la familia.

Donde pueda decir:

“Esto me dolió.”

aunque los demás no lo hayan vivido de la misma manera.

Donde pueda elegir un camino diferente sin convertirse en una decepción.

Y quizá eso también sea justicia.

No exigir que todos sean iguales para sentir que estamos tratando a todos bien.

Sino aprender a mirar suficientemente a cada uno.

Porque a veces uno necesita más ayuda.

Otro más espacio.

Uno más estructura.

Otro más libertad.

Uno necesita que intervengamos.

Otro necesita que confiemos.

Y tratar a todos exactamente igual puede terminar siendo profundamente injusto.

Quizá ser justos no sea conseguir que todos reciban lo mismo.

Quizá sea aprender a reconocer qué necesita cada uno, quién es y qué camino está recorriendo.

Y permitir que, aun siendo distintos, todos puedan sentirse igualmente amados.

Si esta lectura te acompañó…

De vez en cuando envío una carta con ideas, reflexiones y nuevas formas de mirar lo que vivimos.

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