La adolescencia empieza mucho antes de los trece
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Cuando pensamos en adolescencia, solemos imaginar una etapa que empieza de pronto.
Cambian el cuerpo.
Aparecen nuevos intereses.
El grupo adquiere muchísimo peso.
Empiezan los cuestionamientos.
Las discusiones.
La necesidad de privacidad.
Las ganas de decidir.
Y entonces los padres sentimos que hemos entrado en un territorio nuevo para el que quizá nadie nos preparó.
Pero hace tiempo que pienso que la adolescencia empieza bastante antes de que aparezcan todos esos cambios.
No porque un niño de ocho o nueve años sea ya un adolescente.
Sino porque la manera en que nosotros llegamos a esa etapa empieza a construirse mucho antes.
Hace años leí una imagen que se quedó conmigo.
La mente era comparada con un teatro.
La primera idea que llega se sienta en primera fila.
Después pueden llegar muchas otras, pero aquella primera ya ocupó un lugar importante y no siempre es fácil moverla.
Siempre me pareció una metáfora muy potente para pensar la crianza.
Porque las ideas que vamos construyendo sobre nuestros hijos también ocupan lugares.
“Es muy terco.”
“Es demasiado sensible.”
“Siempre quiere salirse con la suya.”
“Con él todo termina en discusión.”
“Ella necesita que la controlen.”
“Si le das demasiado espacio, después hará lo que quiera.”
Y cuando llega la adolescencia, esas ideas no desaparecen.
Muchas veces se convierten en el lugar desde el que interpretamos lo que vemos.
Entonces un cuestionamiento puede parecernos desafío.
Una necesidad de privacidad puede sentirse como alejamiento.
Una reacción intensa puede parecer manipulación.
Una opinión diferente puede vivirse como falta de respeto.
Un límite que el hijo intenta poner puede sentirse como rechazo.
Y puede que, sin darnos cuenta, lleguemos a la adolescencia preparados para defendernos de ella.
Por eso creo que hay algo profundamente valioso en preparar la mirada antes de necesitarla.
No para adelantarnos a problemas que todavía no existen.
No para convertir la infancia en una preparación constante para lo que vendrá después.
Sino para ir construyendo dentro de nosotros algunas ideas que quizá nos ayuden cuando la relación empiece a cambiar.
Por ejemplo:
que cuestionar no significa necesariamente desafiar.
Que un hijo pueda pensar distinto no significa que hayamos perdido nuestra autoridad.
Que escuchar una emoción no significa aceptar cualquier conducta.
Que poner límites y respetar la autonomía pueden convivir.
Que un adolescente puede necesitar distancia y seguir necesitándonos profundamente.
Que a veces una reacción enorme habla de desborde y no de intención.
Que ser fuerte no significa poder con todo.
Que pertenecer al grupo puede convertirse en una necesidad muy importante sin que eso signifique que la familia haya dejado de importar.
Si estas ideas llegan antes, quizá ocupen también una de esas primeras filas.
Y cuando aparezca una situación difícil, tendremos más de un lugar desde el que mirarla.
Hay otra razón por la que creo que este trabajo empieza antes.
La adolescencia no transforma solamente al hijo.
También nos obliga a los padres a cambiar de lugar.
Durante muchos años somos quienes organizamos gran parte de su vida.
Decidimos horarios.
Elegimos ropa.
Supervisamos.
Anticipamos.
Resolvemos.
Protegemos.
Y poco a poco tendremos que hacer algo que puede ser mucho más difícil:
dejar espacio.
No desaparecer.
No dejar de orientar.
Pero sí permitir que aparezca una persona cada vez más separada de nosotros.
Una persona que tendrá opiniones propias.
Gustos que quizá no comprendamos.
Amistades que no hubiéramos elegido.
Decisiones que no tomaríamos de la misma manera.
Y esa transición puede resultar mucho más sencilla si nosotros también hemos ido practicando antes.
Cuando un niño pequeño expresa una preferencia diferente, ya podemos escucharla.
Cuando dice que algo no le gusta, podemos preguntarle por qué.
Cuando se equivoca, podemos ayudarlo a pensar en lugar de resolver siempre por él.
Cuando está enfadado, podemos enseñarle que su emoción tiene espacio, aunque haya una conducta que necesitemos limitar.
Cuando quiere intentar algo solo, podemos tolerar que no lo haga perfectamente.
Cuando piensa distinto, podemos mostrarle que el vínculo no depende de que estemos siempre de acuerdo.
Son experiencias pequeñas.
Pero van construyendo algo enorme.
Le enseñan al niño:
puedo ser yo y seguir perteneciendo.
Y también nos enseñan a nosotros:
puedo acompañar sin controlar cada paso.
Por eso, cuando una familia me pregunta qué puede hacer para prepararse para la adolescencia, no pienso primero en reglas, castigos o estrategias.
Pienso en la relación que se está construyendo ahora.
¿Puede ese niño expresar una diferencia sin que inmediatamente intentemos corregirla?
¿Puede equivocarse sin sentir que decepcionó profundamente a sus padres?
¿Puede decir “no entiendo” o “no estoy de acuerdo”?
¿Tiene pequeñas oportunidades para decidir?
¿Aprende también a hacerse responsable de esas decisiones?
¿Estamos construyendo recursos o simplemente esperando obediencia?
Porque muchas de las habilidades que necesitaremos durante la adolescencia no aparecen mágicamente a los trece años.
La capacidad de poner límites.
La responsabilidad.
La autonomía.
La regulación.
La comunicación.
La posibilidad de expresar desacuerdo sin destruir el vínculo.
Todo eso se va ensayando mucho antes.
Y nosotros también.
Aprendemos poco a poco a distinguir entre proteger y controlar.
Entre orientar y decidirlo todo.
Entre validar y permitir.
Entre acompañar y evitar cualquier frustración.
Por eso esta biblioteca de Adolescencia no está pensada únicamente para quienes ya tienen un adolescente en casa.
También es para la madre o el padre que todavía tiene delante a un niño y quiere empezar a construir una mirada que pueda acompañarlo cuando llegue esa etapa.
No necesitas saber ahora cómo resolver situaciones que todavía no existen.
Quizá solo necesites permitir que algunas ideas nuevas encuentren un lugar dentro de ti.
Porque cuando llegue el momento de necesitarlas, ya no serán completamente nuevas.
Y tal vez entonces, en medio de una discusión, un portazo, una opinión inesperada o una necesidad enorme de independencia, puedas recordar:
esto no siempre es una batalla.
A veces es crecimiento.
A veces es diferenciación.
A veces es un hijo intentando descubrir quién es.
Y nuestro trabajo no será impedir ese proceso.
Será aprender a estar suficientemente cerca para acompañarlo mientras ocurre.
Quizá la adolescencia no empiece a los trece.
Quizá empieza mucho antes, en la mirada con la que aprendemos a recibir a la persona en la que nuestro hijo se está convirtiendo.
Si esta lectura te acompañó…
De vez en cuando envío una carta con ideas, reflexiones y nuevas formas de mirar lo que vivimos.