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Cuerpo, sistema nervioso y conciencia

Somos cuerpo, energía y conciencia

Por Marisa Angulo ·

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A veces creemos que para sentirnos mejor necesitamos encontrar una respuesta.

Entender qué está pasando.

Saber qué va a ocurrir.

Tomar una decisión.

Resolver el problema.

Y, sin embargo, hay momentos en los que pensamos y pensamos y seguimos exactamente en el mismo lugar.

No porque nos falte capacidad para comprender.

Sino porque quizá estamos intentando encontrar claridad mientras nuestro cuerpo todavía siente que algo no está bien.

Cuando algo nos preocupa, nos asusta, nos duele o simplemente no sabemos cómo va a terminar, el cuerpo puede ponerse en alerta.

La respiración cambia.

Aparece tensión.

El pecho puede sentirse más cerrado.

La mandíbula se aprieta.

El estómago se mueve.

Dormimos peor.

Nos cuesta quedarnos quietos.

O simplemente sentimos esa necesidad de seguir pensando hasta encontrar una respuesta que nos devuelva tranquilidad.

Y entonces la mente hace lo que sabe hacer.

Busca.

Compara.

Recuerda.

Anticipa.

Construye escenarios.

Se pregunta qué debería hacer.

Intenta adelantarse a lo que todavía no ha ocurrido.

A veces incluso creemos que, si pensamos un poco más, finalmente vamos a encontrar esa idea que hará que todo se ordene.

Pero no siempre funciona así.

No somos solamente una mente que piensa

Somos cuerpo.

Somos energía.

Somos conciencia.

Y esas dimensiones no viven separadas.

Lo que pensamos afecta a lo que sentimos.

Lo que sentimos modifica nuestra manera de percibir.

Nuestro cuerpo participa constantemente de esa experiencia.

Y también existe algo más profundo desde donde podemos observar todo eso que está ocurriendo.

Por eso, cuando hablamos de regulación, no hablamos simplemente de “calmarnos”.

Tampoco se trata de obligarnos a respirar hondo mientras por dentro seguimos luchando con lo que sentimos.

Regularnos puede ser algo mucho más sencillo:

darle al cuerpo una oportunidad de sentir que, en este instante, puede bajar un poco la guardia.

Quizá solo un poco.

Lo suficiente para respirar diferente.

Lo suficiente para sentir los pies.

Lo suficiente para notar el respaldo de una silla.

Lo suficiente para dejar de perseguir durante unos segundos la respuesta que todavía no tenemos.

La situación puede seguir siendo la misma

Esto me parece importante.

Regularnos no significa que el problema desaparezca.

Puede seguir existiendo la misma conversación pendiente.

La misma incertidumbre.

El mismo diagnóstico.

La misma decisión que todavía no sabemos tomar.

La misma persona comportándose de la misma manera.

La misma situación que no depende de nosotros.

Nada externo tiene necesariamente que haber cambiado.

Y, sin embargo, algo dentro de nosotros puede empezar a colocarse de otra manera.

Porque cuando el cuerpo deja de sentir que tiene que resolverlo todo inmediatamente, la mente también puede aflojar un poco.

Y ahí aparece algo que mientras estábamos completamente atrapados en la preocupación era difícil encontrar:

espacio.

Un pequeño espacio entre lo que ocurre y lo que hacemos con ello

Ese espacio puede durar apenas unos segundos.

Pero a veces es suficiente.

Entre lo que ocurrió y nuestra reacción.

Entre una sensación y la historia que inmediatamente construimos alrededor de ella.

Entre el miedo y la necesidad de decidir.

Entre la incertidumbre y el impulso de controlarla.

Es como si por un momento pudiéramos mirar la misma escena desde un lugar ligeramente distinto.

El problema sigue allí.

Pero ya no estamos completamente dentro del problema.

Podemos observarlo.

Podemos sentir lo que nos produce.

Podemos reconocer lo que sabemos y también lo que todavía no sabemos.

Y quizá entonces aparece una posibilidad que antes no veíamos.

No necesariamente una solución.

A veces simplemente una pregunta diferente.

La mente no siempre necesita resolver

Hay momentos en los que nuestra mente necesita pensar.

Analizar.

Organizar.

Tomar decisiones.

Eso también forma parte de nosotros.

Pero hay otros momentos en los que seguir pensando solo aumenta el ruido.

No porque pensar sea malo, sino porque estamos intentando utilizar la mente para obtener una certeza que todavía no existe.

¿Qué va a pasar?

¿Y si sucede esto?

¿Y si hubiera hecho aquello?

¿Qué debería decidir?

¿Cómo consigo que esto cambie?

La incertidumbre puede ser muy incómoda.

Y cuando el cuerpo la vive como amenaza, la mente intenta cerrarla rápidamente.

Quiere una respuesta.

Aunque todavía no sea el momento de tenerla.

Por eso algunas prácticas corporales pueden ayudarnos.

No porque tengan la respuesta.

Sino porque, durante unos instantes, nos permiten dejar de exigirnos encontrarla.

Volver al cuerpo no es dejar de pensar

Es recuperar una parte de nosotros que muchas veces olvidamos mientras intentamos resolver la vida únicamente desde la cabeza.

Sentir cómo entra el aire.

Mover el cuerpo.

Notar un apoyo.

Orientarnos hacia lo que tenemos alrededor.

Escuchar un sonido.

Percibir dónde hay menos tensión.

Observar una sensación sin intentar cambiarla inmediatamente.

Son cosas muy pequeñas.

Pero pueden cambiar nuestra relación con lo que estamos viviendo.

Porque quizá ya no necesitamos luchar simultáneamente con la situación y con nuestro propio cuerpo.

¿Y la energía?

Cuando hablo de energía, hablo también de aquello que podemos percibir aunque no siempre sepamos ponerlo en palabras.

Hay lugares que nos expanden y otros que nos contraen.

Personas junto a las que sentimos ligereza y otras frente a las que nuestro cuerpo se pone inmediatamente en guardia.

Momentos en los que sentimos que algo fluye y otros en los que todo parece detenido.

Nuestro cuerpo registra mucho más de lo que nuestra mente consigue explicar.

Yo trabajo también desde esa escucha.

No para sustituir lo que el cuerpo nos muestra, sino para ampliar la manera en la que podemos acercarnos a nuestra experiencia.

Y después está la conciencia

La conciencia es ese lugar desde donde podemos notar:

“Estoy preocupada.”

“Mi pecho está tenso.”

“Mi cabeza no deja de pensar.”

“Tengo miedo de lo que pueda pasar.”

Pero también podemos reconocer:

“Eso está ocurriendo dentro de mí, pero no es todo lo que soy.”

Y ahí aparece una diferencia enorme.

Porque una cosa es estar completamente absorbidos por una emoción.

Y otra es poder sentirla mientras, al mismo tiempo, sabemos que estamos sintiéndola.

Quizá esa es una de las formas más sencillas de empezar a comprender qué significa pasar del cuerpo a la conciencia.

No abandonar el cuerpo.

No negar lo que sentimos.

No elevarnos por encima de la experiencia.

Sino atravesarla con presencia suficiente para poder observarla.

Las prácticas no buscan hacer desaparecer lo que sientes

Por eso las prácticas que encontrarás aquí no están pensadas para que dejes de sentir miedo, tristeza, rabia o incertidumbre.

Tampoco para conseguir un estado permanente de calma.

No vivimos así.

La intención es mucho más sencilla:

ayudarte a volver a ti.

A notar lo que está ocurriendo.

A darle al cuerpo un poco más de espacio.

A permitir que la mente deje de perseguir respuestas durante unos instantes.

Y desde ahí comprobar qué aparece.

A veces aparece calma.

A veces claridad.

A veces cansancio.

A veces una emoción que estaba escondida detrás de otra.

Y a veces no ocurre nada espectacular.

Solo respiramos un poco diferente.

Pero incluso eso puede ser suficiente para empezar a relacionarnos con la misma situación desde otro lugar.

Porque quizá regularnos no consiste en conseguir que todo esté bien.

Quizá consiste en poder estar presentes incluso cuando todavía no sabemos cómo va a terminar.

Y desde ahí, poco a poco, recuperar algo muy importante:

la posibilidad de elegir cómo queremos vivir lo que está ocurriendo.

Para seguir profundizando

En Ecos de mi alma puedes seguir explorando esta misma mirada desde otro lugar.

Episodio 60: El camino espiritual también pasa por el cuerpo

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