¿Qué intenta decirte el dolor?
una mirada desde el sistema nervioso
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El dolor es una de las formas más poderosas que tiene el sistema nervioso para llamar nuestra atención.
Cuando aparece un dolor físico, lo primero que solemos hacer es intentar eliminarlo.
Buscamos la mejor postura, un medicamento, un masaje o una explicación que nos diga por qué está ocurriendo.
Y es lógico. Nuestra mente intenta protegernos. Y muchas veces lo hace asustándonos.
En cuestión de segundos aparecen mil posibilidades. Busca una causa, recuerda enfermedades conocidas, experiencias propias o de otras personas, información que leyó o escuchó alguna vez.
Empieza a construir una historia alrededor del dolor.
"¿Y si es algo grave?"
"¿Y si esto no se va?"
"¿Y si me está pasando lo mismo que le pasó a...?"
Desde ese momento, ya no solo estamos sintiendo el dolor físico. También estamos sosteniendo el miedo que la mente construyó alrededor de él.
Lo primero que hacemos es intentar entender.
Buscamos en Google, preguntamos a ChatGPT, recordamos lo que le pasó a un familiar o a un amigo. La mente quiere respuestas. Quiere recuperar el control.
Y está bien. Esa búsqueda tiene su lugar.
Pero hay algo que difícilmente vas a encontrar ahí, porque no suele enseñarse.
Que, además de entender el dolor, podemos aprender a acompañarlo desde un lugar completamente distinto.
No para resignarnos a él.
Sino para dejar que el cuerpo termine un proceso que muchas veces lleva años intentando completar.
Y, por supuesto, cuidar el cuerpo sigue siendo fundamental. Cuando corresponde, hay que consultar con un profesional de la salud, descartar aquello que necesite atención médica y hacerse los chequeos periódicos.
El dolor no está “solo en tu cabeza”
Imagina que la alarma de incendios de tu casa comienza a sonar.
La alarma no es el incendio.
Su función es avisarnos de que algo necesita atención.
A veces ese "algo" es una lesión, una infección o una enfermedad que requiere tratamiento.
Otras veces, el sistema nervioso mantiene la alarma encendida porque sigue detectando amenaza, aunque el tejido ya haya comenzado a recuperarse.
En ambos casos, apagar la alarma sin comprender qué la mantiene activa no siempre resuelve el problema.
¿Y si además de combatir el dolor pudiéramos observarlo?
Pero hay una pregunta que rara vez nos hacemos:
¿Y si el dolor no fuera solo un problema que resolver, sino también una experiencia que necesita ser escuchada?
Si hace un tiempo alguien me hubiera dicho que respirara y le preguntara algo a mi dolor, probablemente habría pensado que eran tonterías.
Cuando algo duele de verdad, uno quiere que deje de doler. No filosofar sobre un dolor de muela o un cólico renal.
Lo entiendo porque lo he experimentado en carne propia.
Y también porque ahora lo estoy viendo, una y otra vez, en las personas a quienes acompaño.
Por eso hoy quiero compartirte algo que a mí me está cambiando profundamente la forma de relacionarme con el dolor.
A lo largo de este tiempo he descubierto que, en muchas ocasiones, el dolor empieza a cambiar cuando dejamos de pelear con él y comenzamos a escucharlo.
No desde la mente. Desde el cuerpo. En lugar de preguntarnos únicamente: "¿Cómo hago para que desaparezca?", podemos detenernos unos segundos y explorar:
• ¿Qué siento exactamente en mi cuerpo?
• ¿Puedo observar esta sensación sin intentar cambiarla durante unos segundos?
• ¿Qué intenta hacer esta sensación?
• ¿Qué emoción aparece cuando dejo de luchar contra ella?
• ¿Qué parte de mí está observando todo esto?
Escuchar no significa interpretar
Muchas veces creemos que necesitamos interpretar el dolor.
Mi experiencia me ha mostrado otra cosa.
No busques interpretar al cuerpo. Ayúdalo a terminar de expresarse.
Cuando dejamos de interrumpirlo con explicaciones, miedo o lucha, el propio cuerpo suele mostrar cuál es el siguiente paso. A veces aparece una emoción. A veces una frase que llevaba años sin poder decirse. A veces un recuerdo. Y otras veces, simplemente, una profunda sensación de calma.
No porque el dolor sea imaginario. Ni porque todos los dolores tengan un origen emocional. Sino porque cuerpo y mente forman un mismo sistema. El estrés, la tensión, las emociones sostenidas y los patrones de supervivencia pueden influir en cómo experimentamos el dolor y en cuánto tiempo permanece.
Dar espacio al cuerpo
Mi forma de acompañar no consiste en decirte qué significa tu dolor. Tampoco en convencerte de que "todo está en tu cabeza".
Consiste en crear un espacio de presencia donde tu cuerpo pueda expresar aquello que lleva tiempo intentando comunicar.
Muchas veces el cuerpo no necesita que lo arreglemos. Necesita que, por primera vez, alguien lo escuche. Y cuando el cuerpo deja de sentirse combatido, muchas veces encuentra por sí mismo el camino hacia la regulación.
Cuando cambia la relación con lo que sentimos
A veces el cambio ocurre durante la sesión. A veces ocurre en los días siguientes.
Y otras veces el mayor cambio no es que el dolor desaparezca inmediatamente, sino que la relación con él cambia por completo.
No le preguntes al dolor únicamente por qué está ahí. Pregúntale qué lleva tanto tiempo intentando decir. Y, sobre todo...
Quizás el dolor no necesita que luches contra él.
Quizás necesita que, por primera vez, alguien lo escuche. 💜
Para seguir profundizando
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Episodio 62: El cuerpo no falla, se adapta
Si esta lectura te acompañó…
De vez en cuando envío una carta con ideas, reflexiones y nuevas formas de mirar lo que vivimos.
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