El silencio también puede ser una respuesta
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No todo necesita palabras
Estamos muy acostumbrados a buscar palabras.
Explicar.
Nombrar.
Entender.
Contar lo que nos pasa.
Y muchas veces las palabras son necesarias.
Nos ayudan a ordenar la experiencia.
A compartirla.
A darle un lugar.
Pero no todo lo importante ocurre en el lenguaje.
Cuando algo empieza a integrarse
Hay momentos en los que algo empieza a cambiar y no sabemos muy bien cómo explicarlo.
El cuerpo también responde
Respiramos diferente.
El cuerpo se afloja.
Una sensación pierde intensidad.
Una imagen aparece.
Una pregunta deja de ser urgente.
O simplemente sentimos que ya no necesitamos seguir hablando.
Eso también puede ser una respuesta.
No porque el silencio tenga una explicación escondida.
Sino porque a veces el organismo encuentra una forma de completar algo sin pasar por una conclusión mental.
Puede ocurrir en una conversación.
En una sesión.
Caminando.
Mirando el mar.
O sentados sin hacer nada en particular.
De pronto algo deja de necesitar palabras.
Y ahí solemos cometer un error:
intentamos volver a explicarlo.
“¿Pero qué pasó?”
“¿Por qué estoy mejor?”
“¿Qué hice exactamente?”
Buscamos entender el cambio para sentir que podemos controlarlo.
Pero quizá no todo tenga que convertirse en una fórmula.
A veces basta con reconocer:
“Algo se movió.”
“Esto ya no pesa igual.”
“Ahora puedo estar aquí.”
Darle espacio al silencio
El silencio no siempre significa ausencia.
A veces es integración.
A veces es descanso.
A veces es simplemente un lugar donde algo puede terminar de acomodarse.
Por eso, cuando ya no hay nada más que decir, quizá no sea necesario llenar ese espacio.
Podemos aprender a quedarnos un momento ahí.
Escuchar.
Sentir.
Y permitir que lo que tenga que organizarse continúe haciéndolo sin nuestra intervención.
Si esta lectura te acompañó…
De vez en cuando envío una carta con ideas, reflexiones y nuevas formas de mirar lo que vivimos.
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