La seguridad no siempre se siente como calma
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Regular no es calmarte a la fuerza
Cuando pensamos en sentirnos seguros, solemos imaginar calma.
Respiración tranquila.
Relajación.
Silencio.
Un cuerpo sin tensión.
Pero la seguridad no siempre se ve así.
Un no también puede ser regulación
A veces sentirse seguro significa poder enfadarse.
Decir que no.
Llorar.
Pedir ayuda.
Cambiar de opinión.
Alejarse.
Expresar algo que llevamos mucho tiempo callando.
Porque sentirse seguro no significa dejar de sentir emociones intensas.
Significa poder atravesarlas sin perder completamente nuestro centro.
La seguridad permite movimiento
Una persona puede parecer muy tranquila y, sin embargo, estar conteniéndose todo el tiempo.
Puede no discutir nunca porque aprendió que el conflicto era peligroso.
Puede decir siempre que sí porque teme decepcionar.
Puede no mostrar tristeza porque aprendió que tenía que ser fuerte.
Desde fuera puede parecer calma.
Pero por dentro puede haber un enorme esfuerzo.
Por eso regular no significa convertirnos en personas serenas permanentemente.
La vida sigue teniendo pérdidas, conflictos, incertidumbre, cansancio y momentos difíciles.
La diferencia está en cómo podemos atravesarlos.
Cuando hay más seguridad interna, aparecen posibilidades que antes quizá no estaban disponibles.
Podemos esperar antes de reaccionar.
Podemos reconocer que algo nos molesta.
Podemos pedir espacio.
Podemos escuchar a alguien sin sentir que tenemos que defendernos inmediatamente.
Podemos sentir miedo sin que el miedo decida todo por nosotros.
Eso también es regulación.
No eliminar lo que sentimos.
Sino ampliar nuestra capacidad para estar con ello.
Poder volver a ti
La calma puede aparecer.
Pero no es el objetivo.
El objetivo es que nuestro sistema tenga suficientes recursos para moverse por distintos estados sin quedar atrapado en uno de ellos.
Y a veces el primer signo de seguridad no es sentirnos tranquilos.
Es atrevernos, por fin, a sentir algo que antes no podíamos permitirnos.
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