El ego no es tu enemigo
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Cuando escuchamos la palabra ego, muchas veces pensamos en alguien arrogante.
Una persona que necesita tener razón.
Que quiere destacar.
Que se siente superior.
Pero el ego también puede aparecer de formas mucho menos evidentes.
En la necesidad de agradar.
En el miedo a equivocarnos.
En querer hacerlo todo perfecto.
En necesitar que alguien nos confirme que estamos haciendo las cosas bien.
En tomarnos una crítica como si pusiera en duda todo lo que somos.
En querer controlar lo que todavía no sabemos.
En sentirnos pequeños.
Incluso en repetir:
“Yo soy así.”
Quizá por eso el ego es tan difícil de reconocer.
Porque no siempre hace ruido.
A veces simplemente se parece muchísimo a nosotros.
Vamos construyendo una idea de quiénes somos
Desde pequeños vamos recibiendo información.
Nuestro nombre.
Nuestra familia.
El lugar donde nacimos.
Lo que está bien.
Lo que está mal.
Cómo debemos comportarnos.
Qué cosas se valoran.
Qué cosas reciben aprobación.
Qué partes nuestras incomodan.
Y poco a poco vamos construyendo una imagen de nosotros mismos.
“Yo soy responsable.”
“Yo soy fuerte.”
“Yo soy tímida.”
“Yo soy la que cuida.”
“Yo soy el que nunca falla.”
“Yo soy el que tiene que resolver.”
Nada de esto tiene que ser necesariamente malo.
Necesitamos una identidad para desenvolvernos en el mundo.
El problema aparece cuando esa identidad se vuelve tan rígida que cualquier cosa que la cuestione empieza a sentirse como una amenaza.
Entonces ya no estamos defendiendo una idea.
Sentimos que estamos defendiéndonos a nosotros mismos.
El ego también intenta proteger
Quizá sea más útil dejar de mirar el ego como una parte de nosotros que hay que vencer.
Podemos mirarlo como un mecanismo que intenta conservar aquello que conocemos.
La imagen que tenemos de nosotros.
Las creencias que nos han dado seguridad.
La forma en que aprendimos a pertenecer.
Por eso puede aparecer con tanta fuerza frente a la incertidumbre.
Cuando alguien piensa distinto.
Cuando nos critican.
Cuando algo no sale como esperábamos.
Cuando tenemos que cambiar.
Cuando una relación deja de funcionar.
Cuando sentimos que perdemos el control.
Cuando ya no podemos seguir siendo quien creíamos que éramos.
El ego intenta devolvernos a terreno conocido.
Aunque ese terreno ya no nos haga bien.
“Tener razón” puede sentirse como seguridad
Hay discusiones que aparentemente hablan de una cosa pequeña.
Cómo hacer algo.
Qué ocurrió realmente.
Quién dijo qué.
Qué decisión sería mejor.
Y, sin embargo, el cuerpo se activa como si hubiera muchísimo en juego.
Tal vez porque muchas veces no estamos defendiendo únicamente una opinión.
Estamos defendiendo nuestra percepción de nosotros mismos.
Si necesito sentir que soy competente, equivocarme puede doler mucho más de lo que debería.
Si construí mi identidad alrededor de ser una buena persona, que alguien me señale algo que hice puede sentirse insoportable.
Si aprendí que mi valor depende de ser reconocida, que alguien no valore lo que hice puede activar mucho más que una simple decepción.
Entonces aparece la necesidad de explicar.
Justificar.
Convencer.
Demostrar.
Ganar.
Y quizá la pregunta no sea:
“¿Quién tiene razón?”
Sino:
“¿Qué siento que está en riesgo dentro de mí si acepto que quizá no la tengo?”
La aprobación también puede convertirse en una brújula
A veces creemos que elegimos libremente.
Pero basta detenernos un poco para descubrir cuántas decisiones están atravesadas por preguntas que casi no escuchamos:
“¿Qué van a pensar?”
“¿Les gustará?”
“¿Estaré haciendo lo correcto?”
“¿Y si decepciono a alguien?”
“¿Y si piensan que soy egoísta?”
Buscar aprobación es profundamente humano.
Pertenecer importa.
Sentirnos vistos importa.
El problema aparece cuando la mirada de los demás empieza a tener más peso que nuestra propia experiencia.
Podemos terminar viviendo una vida perfectamente coherente con lo que se esperaba de nosotros…
y profundamente incoherente con lo que sentimos.
El perfeccionismo también puede estar protegiendo algo
A veces el perfeccionismo parece simplemente una forma de trabajar.
“Me gusta hacer las cosas bien.”
Pero podemos preguntarnos:
¿Qué pasa dentro de mí cuando algo no queda perfecto?
¿Puedo disfrutarlo igual?
¿Puedo equivocarme sin machacarme?
¿Puedo mostrar algo que todavía podría mejorar?
¿Puedo aceptar que alguien lo haga de otra manera?
Cuando la respuesta es no, quizá ya no estamos hablando solo de estándares altos.
Quizá hay una parte de nosotros intentando evitar algo más profundo:
fracasar,
ser criticados,
decepcionar,
sentirnos insuficientes.
Y entonces la exigencia deja de ser una elección.
Se convierte en protección.
El control aparece cuando no queremos sentir incertidumbre
El ego también quiere saber.
Qué va a pasar.
Cómo terminará.
Qué decidirá el otro.
Si algo funcionará.
Si estamos tomando la decisión correcta.
Pero la vida tiene una cantidad enorme de variables que no podemos controlar.
Y cuanto más intentamos eliminar toda incertidumbre, más atrapados podemos quedar en la necesidad de pensar, anticipar y resolver.
A veces la búsqueda de control no es realmente una búsqueda de respuestas.
Es una búsqueda de seguridad.
Y quizá por eso comprender esto únicamente con la mente no siempre basta.
Podemos saber perfectamente que algo está fuera de nuestro control…
y seguir sintiendo que necesitamos controlarlo.
No todo lo que piensas eres tú
Tal vez uno de los cambios más importantes ocurre cuando empezamos a observar nuestros pensamientos sin asumir inmediatamente que dicen la verdad.
“Voy a hacerlo fatal.”
“Seguro está molesto conmigo.”
“Debería haberlo hecho mejor.”
“Qué van a pensar.”
“No soy capaz.”
“Esto tendría que haber sido diferente.”
Un pensamiento aparece.
Después otro.
Y otro.
Pero si puedes observarlos, ya existe un pequeño espacio entre tú y lo que estás pensando.
No necesitas pelear con ellos.
Ni demostrar que están equivocados.
Puedes simplemente empezar a reconocer:
“Esto está apareciendo dentro de mí.”
Y desde ahí preguntarte:
¿Necesito actuar desde aquí?
El objetivo no es quedarnos sin ego
Probablemente no exista un punto en el que podamos decir:
“Listo. Ya no tengo ego.”
Incluso podríamos convertir esa idea en otra identidad:
“Yo ya trascendí todo esto.”
Y volveríamos exactamente al mismo lugar.
Quizá el camino sea mucho más cotidiano.
Darnos cuenta.
Notar cuándo necesitamos tener razón.
Cuándo buscamos aprobación.
Cuándo nos estamos exigiendo para demostrar algo.
Cuándo una crítica toca algo más profundo.
Cuándo estamos intentando controlar porque la incertidumbre nos asusta.
Y entonces aparece una posibilidad.
No reaccionar automáticamente.
Quedarnos unos segundos.
Sentir qué ocurre en el cuerpo.
Observar qué historia empezó a contar la mente.
Y decidir.
Cuando puedes observar, aparece elección
No se trata de convertir al ego en enemigo.
Ni de juzgarnos cada vez que aparezca.
Porque probablemente apareció intentando proteger algo.
Podemos escucharlo sin entregarle automáticamente el timón.
A veces tendrá información importante.
A veces estará reaccionando desde un miedo antiguo.
A veces necesitará seguridad.
Y otras veces simplemente podremos decir:
“Entiendo por qué estás aquí.
Pero esta vez voy a elegir de otra manera.”
Quizá la conciencia no consiste en dejar de tener pensamientos, miedos o defensas.
Quizá consiste en poder verlos sin convertirlos inmediatamente en nuestra identidad.
Porque tenemos un ego.
Pero quizá no somos únicamente aquello que nuestro ego intenta proteger.
Y cuanto más espacio existe entre lo que sentimos y lo que hacemos con ello, más posibilidades tenemos de vivir desde un lugar que se parezca realmente a nosotros.
Para seguir profundizando
En Ecos de mi alma dediqué tres episodios a mirar las distintas formas en que el ego aparece en nuestra vida cotidiana: en la necesidad de aprobación, el control, el juicio, las relaciones, el perfeccionismo y la forma en que nos identificamos con lo que pensamos.
Episodios 11, 12 y 13 — Serie sobre el ego
Si esta lectura te acompañó…
De vez en cuando envío una carta con ideas, reflexiones y nuevas formas de mirar lo que vivimos.
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Si algo de esto resuena contigo, quizá no necesites entender más. Quizá necesites empezar a experimentarlo de otra manera.