Lo que nadie te dirá del autismo
Marisa Angulo Riedner
SOBRE LA AUTORA
Marisa Angulo Riedner, nacida en Lima, Perú en 1968, está felizmente casada y tiene dos hijos y una hija. Es Licenciada en Educación Inicial, con estudios de Postgrado en Necesidades Educativas Especiales (NEE), Inclusión y Espectro Autista, Máster en Integración Sensorial y Aprendizaje, y cuenta con un Diplomado en Dislexia. Comparte su tiempo entre el acompañamiento escolar a niños con NEE, la elaboración de adaptaciones curriculares y terapias, con una gran afición por la escritura. Es escritora del Blog “Lo que nadie te dirá...” en el que dedica artículos de fácil lectura para orientar a padres y profesores sobre estrategias para niños con dificultades de aprendizaje. “Lo que nadie te dirá del autismo” está inspirado en la experiencia de la autora, tanto como mamá de un niño en el espectro autista, como también en su trabajo como especialista en necesidades educativas especiales, en el que ha trabajado los últimos 12 años con más de 140 niños, de forma individual, ayudándoles a comprender el mundo, a saberlo leer y a vivir en él reafirmando su autoestima sabiéndose ni mejores ni peores que nadie. ¡Sólo distintos!
NOTA DE LA AUTORA
Cuando plantamos un árbol y es aún pequeño, muchas veces necesitamos apuntalarlo para poderlo dirigir y que crezca como creemos que debe hacerlo. Nuestros niños en el espectro autista (TEA) se desarrollan distinto a los niños regulares, sin embargo, si tratamos de guiarlos por las formas convencionales que conocemos hacia donde creemos que debemos dirigirlos, no obtendremos los resultados buscados ni los requeridos por ellos. No son como ese árbol que sosteniéndolo logramos que crezca derecho; a ellos no podemos dirigirlos a nuestro gusto. Lo que necesitan es que los guiemos por caminos que en la mayoría de las veces resultan un tanto rebuscados y más largos, pero por los que lograremos ayudarles a llegar a ser adultos autónomos y felices, integrados en un mundo confuso para ellos. En general ser padres puede ser complicado puesto que nadie tiene un manual que le dirija, más aún con niños autistas. Necesitan que les ayudemos a comprender el mundo, a saber leerlo y a vivir en él reafirmando su autoestima sabiéndose ni mejores ni peores que nadie. ¡Sólo distintos!
COMPARTIENDO MI HISTORIA
Mi hijo autista es un regalo del cielo
Parece increíble que el recibir un diagnóstico así pueda considerarse un regalo del cielo… ¡Cómo va a ser!.... ¿Estás loca? Dirán muchos…si esto no estaba en mis planes. Sabía que a otros les pasaba y hasta situaciones aún peores, pero ¡No estaba programado que nos pasara a nosotros! Siento que se me juntan el cielo y la tierra y que todos mis sueños, mis expectativas, mis proyectos, simplemente quedaron arrimados en una esquina. ¡Siento que de un momento a otro vivo una realidad que no es mía!
Lo cierto es que te sucedió, como nos sucedió a nosotros y al parecer, tampoco estaba en nuestros planes. Yo sabía que mi hijo era distinto… lo supe desde que era muy chiquito, ¡Pero no sabía bien en qué medida era distinto! Era el tercero y tenía con quienes comparar, sin embargo, en nuestra supuesta mente abierta, aceptamos que cada hijo es distinto, con diferentes gustos e intereses y hasta formas de ser, pero, a veces, no nos detenemos a entender qué significa realmente ser distintos. Yo no era consciente de hasta qué punto podían llegar a ser estas diferencias y uno siempre se convence de lo que quiere ver y encuentra explicaciones para todo. Años más tarde, hemos visto videos de cuando él era bebé y en todos se da la misma situación: Se le llama por su nombre varias veces y en ninguna de las veces hace caso o mira a los ojos, y yo, que estoy filmando comento: “Seguro esta con sueño o no tiene ganas ahora”, siempre una excusa, pero con el conocimiento que tengo hoy, puedo leer claramente esos videos y notar sus características desde muy pequeño.
Con él todo fue distinto desde antes de ser concebido. Teníamos dos hijos y yo quería tener el tercero de inmediato, pero mi esposo no. Insistí durante 6 años y siempre terminábamos en las mismas. Cada vez que alguien daba a luz, yo me deprimía y sabía en el fondo de mi corazón que tendría un hijo más. Sin embargo, para mí un hijo es algo de a dos y si él no quería, estaba en problemas. Así que decidí que haría como cuando en una tienda algo no funciona como uno quiere: ¡Buscaría al administrador! Empecé a pedirle a Dios que viera la forma de cambiarle la manera de pensar, porque yo tenía todo el amor del mundo para darle a otro hijo, pero que a mí no me hacía caso. A las dos semanas de estar pidiendo, una noche estaba yo ya metida en mi cama leyendo y él me llamó: “¡Mari, ven un ratito a ver algo!”, a lo que yo respondí para mis adentros: “Ay, que pesado, yo ya estoy calentita, ¿Qué querrá?”, pero él insistía. Así que me levanté y fui a ver qué era tan importante. Estaba en el jardín que colindaba con los dormitorios de nuestros hijos y me preguntó: “¿Qué opinas de construir un dormitorio acá?”, a lo que respondí con toda sinceridad que no le veía la necesidad, a lo que me refutó: “Es que estaba pensando que sería lindo tener otro hijo, pero se llevarían tanta distancia de edad que cada uno necesitaría su espacio”. Yo me quedé helada, se me pararon los vellos de los brazos y no podía creer lo que me estaba diciendo. Le conté que yo había enviado a mi “emisario” a cambiarle la forma de pensar y al mes esperábamos la llegada de un bebé. Fue gracioso, parece que la inspiración inundó nuestra casa: Nuestra perrita tuvo cachorros, nuestro árbol de duraznos se repletó de ellos, nuestros peces pusieron huevos y hasta en un depósito unas palomas habían anidado.
Al parecer dijeron: “¿Quieres un hijo? ¡Allá va el paquete completo!” Todo en este embarazo fue distinto, cuanto yo decía, salía al revés. Si decía que mis embarazos anteriores habían sido maravillosos y que manejé hasta los mismos días de dar a luz, pues este estuvo lleno de infecciones, cálculos renales y por último, a los 6 meses se presentó el parto, el cual aguantaron hasta el final teniéndome en cama. Si yo dije que con los anteriores al mes de dar a luz estaba en mi peso nuevamente, pues con él, 20 kilos adicionales me acompañaron todo el siguiente año, y así cuanto decía, salía al revés.
Cuando era un bebé, si bien era el niño más risueño y reilón que he conocido, por el otro extremo, cuando lloraba no había fuerza humana que pudiera detenerlo. Siguiendo con las mismas formas en que habíamos criado a nuestros hijos mayores, si ya le tocaba dormir, había comido y todo estaba en orden, los dejábamos llorar y a los 10 minutos estaban dormidos. Con él, esto simplemente nunca pasó. Una vez lloró una hora y media por reloj y no paró hasta que lo levanté en mis brazos. Necesitaba sentir el contacto y las caricias para estar tranquilo. Sus primeras dos semanas no soportaba la luz y lo teníamos con el cuarto a oscuras.
El primer año fue un niño relativamente fácil; muy risueño e iba conmigo a todos lados, pero cuando entró al nido a los 2 años fue cuando empezaron realmente las dificultades. Empezó a hablar y a expresarse con palabras después de los 2 años. No es que antes no hubiera habido algunas situaciones demandantes, pero uno se acomoda y lo excusa. Sin embargo, a los dos años, no había forma de controlarlo, las pataletas eran intensas y frecuentes y lo que había funcionado con sus hermanos, no funcionaba con él. Tenía ciertas conductas bastantes peculiares para un niño de esa edad. No tenía el menor interés en hacer caso a nadie. Se quejaba a diario de dolor de piernas y quería ser cargado. Entre sus peculiaridades, él no podía subir al segundo piso de la casa, sin antes pasar por el baño de visitas, cerrar la tapa del inodoro y cerrar la puerta. Si sus hermanos habían dejado cosas en la escalera, él las subía y se las dejaba sobre sus camas. “¡Qué suerte!, te salió ordenadito” - me decían, pero más que ordenadito era maniático. ¡Muy chiquito para ser tan maniático! Cuando él me quería decir algo, me decía: “¡Mami!” y yo debía responderle “¿Qué?” para que todo fluyera; nadie diría que había algo distinto, sino que eran exageraciones mías, pero si yo le respondía “¡Dime!” o “ ¿Si?” o de cualquier otra manera que no fuera ¿QUÉ? Él estallaba en gritos y no paraba hasta que se le dijera “¿Qué?” entonces sus gritos paraban en seco y decía lo que quería decir. Ahora lo cuento resumido en unas pocas líneas, pero en ese momento, no lográbamos descifrar el porqué de sus repentinas pataletas, si no había sucedido aparentemente nada para provocarlas. Las pataletas podían estallar de un momento a otro y nosotros no tener el menor indicio de qué las había originado. Era realmente agotador y desgastante.
Todos los días al despertarse, él decía ser un animalito bebé. Por ejemplo, una jirafita bebé… y me miraba y decía: “¡Hola jirafa mamá!”, lo que significaba que ese día y hasta la siguiente mañana, yo sería una jirafa también. Nos dábamos abrazo de jirafa, debíamos comer como jirafa, y todo el resto del día sería en modo jirafa…y por supuesto no se olvidaba de ningún detalle. Pasé por todos los animales que se les puedan ocurrir. ¡Llegué a ser hasta ornitorrinco mamá! y él, el ornitorrinco bebé. ¡Comer como pingüino y bañarnos como elefantes! Realmente era agobiante y si no le hacía caso, eran llantos y desbordes.
Había ocasiones en que íbamos al supermercado y él entraba feliz, pero de pronto, se tiraba al piso gritando, se levantaba el polo y frotaba su pancita contra la mayólica y por supuesto nunca faltaba una señora impertinente que se metiera, opinara si yo educaba bien o no a mi hijo y sugiriera lo que yo debía hacer. No tenían idea de lo que vivíamos en el día a día. Las horas de las comidas no eran más simples, si había un brócoli en su plato, éste volaría a algún lugar del comedor y por otro lado, querría comerse todas las porciones de carne o pollo que hubiera en la olla. Y ni intentar que comiera un durazno porque simplemente deglutir no era lo suyo; se le chorreaba por todos lados, por lo que optamos por darle la fruta picada y así no veíamos lo que se le hacía difícil y lo evadíamos, sin siquiera percatarnos que lo hacíamos. Los alimentos que aceptaba eran muy restringidos. Muchos lácteos, muchas harinas y carnes. En su mundo, él era lo único importante, el resto éramos el mal necesario. Esclavos que debíamos estar listos a satisfacer sus necesidades y deseos en el acto. Era sumamente demandante, no era capaz (según yo no le daba la gana) de escucharme y entender lo que le decía. Cuando le daba una indicación simple, me decía: “Ya”, con una gran sonrisa y se iba a hacer cualquier otra cosa. No obedecía y era un niño muy desafiante, pero a la vez risueño y gracioso.
En nido y pre-kínder fue muy difícil. Una vez llegué a recogerlo y escuché a la pobre profesora gritando de forma extenuante su nombre, una mezcla de frustración y cansancio, que me hizo sentir que no era yo la única. Seguramente otra mamá se hubiera quejado, pero yo me sentí identificada.
Decidimos hacerlo evaluar por especialistas porque había “algo peculiar” en él; además para él no existían las reglas y no entendía ni la autoridad ni las jerarquías. Ante una regla simplemente estallaba en gritos y pataletas.
La primera psicóloga que lo evaluó nos dijo que era un niño muy inteligente y encantador y que nos manipulaba (de lo cual había de cierto… pero no era lo único). Nos dijo que los que estábamos mal éramos nosotros. No sabíamos educar y debíamos asistir a terapia. Eso hicimos, pero no pasamos de dos sesiones, porque cuanto nos decía nosotros nos mirábamos sabiendo que era lo que hacíamos y dedujimos que si teníamos otros dos hijos, en ese momento de 11 y 13 que siendo distintos entre ellos eran niños bien encaminados, no éramos nosotros lo que no sabíamos educar. De hecho, él siempre fue y sigue siendo muy inteligente y encantador. Tiene un encanto propio con el que se gana a todas las personas y es una herramienta formidable que le abre puertas, pero no es lo único necesario para sobrevivir en el mundo.
En ese momento él entró al kínder y su profesora, una excelente y comprometida maestra, nos dijo de arranque que nuestro hijo tenía un problema. No sabía cuál era, pero estabas segura de que había algo que no funcionaba como debía y junto a lo que nosotros también veíamos, en equipo, empezamos la gran búsqueda que nos llevó a pasar por casi 18 especialistas distintos hasta lograr saber qué sucedía. En sólo una semana tuvimos 5 diagnósticos distintos y desde el principio querían medicarlo. ¡Yo no sabía por cuál de los diagnósticos llorar! Todos eran aterradores, pero en ese momento más que un diagnóstico, me aterraba la idea de no llegar a saber qué le sucedía y si habría un camino claro que seguir. Yo sentía que nadie, además de su profesora, era capaz de comprender lo que yo estaba viviendo.
Después de recibir tantos diagnósticos distintos sólo veíamos uno que encajaba con sus características, y era el de desorden de integración sensorial. Nunca habíamos oído hablar de esto, pero al informarnos un poco descubrimos un mundo nuevo, del cual vamos a conversar más adelante con detenimiento. Estábamos más tranquilos, creyendo que finalmente habíamos encontrado su dificultad y que con una terapia todo se solucionaría.
Por otro lado, había oído hablar de un médico coreano que vivía en Costa Rica, que ayudaba y curaba a niños con dificultades con un tratamiento de dietas y acupuntura, y en mi ingenuidad y ganas de “arreglarlo rapidito” decidimos llevarlo hasta allá. De hecho, fue muy beneficioso, porque aprendí muchísimo sobre nutrición y efectivamente fue uno de los tantos eslabones que lo ayudaron a avanzar y a mí a aprender sobre lo que su organismo necesitaba. Pero una persona no se arregla rapidito por el simple hecho que no está malograda. A las personas distintas tenemos que aprender a entenderlas y comprender que necesitan caminos distintos para vivir en comunidad y ser felices. Es algo así como cuando plantamos un árbol y siendo aún pequeño decidimos amarrarle un palo para poderlo dirigir y que crezca derecho. Si estos niños fueran esos arbolitos, no habría forma de dirigirlos por la ruta que consideramos “derecha” simplemente exigiendo la ruta conocida. Por el contrario, lo que necesitan es que los guiemos por caminos distintos, en la mayoría de las veces un tanto rebuscados y más largos, pero por los que lograremos ayudarles a llegar a la meta, integrados en un mundo confuso para ellos.
Sin embargo, al volver él seguía siendo un niño difícil. De hecho, mejoró cuando le retiramos los lácteos por orden de este médico. Aprendimos que para él actuaba como una droga y tuvo que pasar por un proceso de abstinencia en el que estuvo dos semanas con todas sus características agudizadas al 1000 % y sumamente hiperactivo, hasta llegar a desintoxicarse para estar más calmado y menos agresivo. Aprendí que la caseína es la proteína de la leche y que por lo general es difícil de digerir y que conlleva una serie desbalances gástricos, que más adelante comentaré con detenimiento.
Pasaron los meses de este año decisivo y difícil, porque no sólo era que en casa vivíamos una situación complicada en el día a día, sus hermanos y nosotros lo teníamos claro, sino que, para el resto, la familia extendida y amigos, éramos unos exagerados (principalmente yo…), porque era un niño muy simpático que según ellos no tenía nada y que ya maduraría. Inclusive su pediatra me dijo que lo dejara en paz, que no tenía nada. Socialmente lo veían muy bien y era porque lo veían en momentos libres y por ratitos, en los que no había reglas y teníamos cuidado de no detonaran pataletas. Ellos no lo veían interactuar con sus pares, o tener que enfrentarse a límites. O levantarse en las mañanas y exigir que seamos una manada de leopardos. O tener que hacer las cosas tal y cual él quería. Sus profesoras, también tenían clarísimo que él era un niño distinto; un niño a quien no sabían cómo educar y quien les hacía complicada la jornada de cada día.
En el salón de clases, la profesora ya no sabía qué hacer con él, se paraba a la mitad, mientras la profesora hacia la clase, y se ponía a lamer los vidrios, o quizás se iba a la parte de atrás del salón y se ponía a jugar con lo que en ese momento le provocara; deambulaba siempre sonriente, porque eso sí, desde el día que nació hasta el día de hoy todo el día está sonriente y feliz. Todo son bromas para él. El único tema que le interesaba en ese momento eran los animales, que si bien resultaba un interés obsesivo, se convirtieron en un gran aliado para lograr su atención o intentar hacer algo; si habían animalitos de por medio todo era más fácil. Como el artista que es, se metía debajo del escritorio de la profesora y lo pintaba todito. Como ya no sabían qué hacer con él, lo dejaban, pero cuando la profesora preguntaba a la clase sobre lo que habían estado estudiando, él sacaba su cabecita de debajo del escritorio y respondía muy bien.
Una vez invité a casa a algunas mamás con sus hijos para que jugaran en el jardín. Todo fluía muy bien hasta que empezó a llover y decidimos entrar. Entonces todos los niños, que serían unos 5, entraron a su cuarto de juegos y como es lógico, empezaron a agarrar sus juguetes y moverlos de sitio, a hacer bulla y a alterarlo todo como suelen hacer los niños. De pronto, él se desvistió todito, trajo su pijama y entre llantos y gritos dijo que ya tenía que acostarse y que todos se fueran. Como podrás imaginar, fue una situación incómoda en la que las mamás rápidamente tomaron a sus niños y se fueron. Él quedó muy alterado y no fue fácil calmarlo.
En ese momento yo aún no comprendía cuál había sido el detonante y el porqué de dicha situación, pero cada vez me daba más cuenta de que era un niño diferente. Tan distinto que recuerdo haber pensado en anotar sus peculiaridades, como aquella vez en que al entrar a su cuarto vi que con su tijera había cortado el edredón de plumas a la altura de los pies. Había cortado “una ventanita” y por supuesto las plumas volaban por toda la habitación. Respiré profundo, pensé en mis nuevos conocimientos pedagógicos y le pregunté con tranquilidad el porqué de lo que había hecho y me respondió, muy suelto de huesos, que en las noches le daba calor en los pies y que así tendría ventilación.
Olvidé comentar un detalle. Cuando tuve a mis hijos mayores descubrí que lo que más me gustaba hacer en la vida era educar niños y podía pasarme el día entero jugando con ellos y enseñándoles. El año en que mi tercer hijo nació, yo decidí seguir mi sueño de ir a la universidad a estudiar Educación Inicial. Durante sus siestas yo estudiaba y me amanecía haciéndolo porque durante el día era complicado. Justo en ese momento, que resultó ser nuestro año de quiebre, yo llevé un curso de educación especial y veía a mi hijo reflejado en cuanto trastorno estudiaba; cada día me impresionaba y asustaba más. Una psicóloga del colegio me esbozó la idea de que mi hijo pudiera tener síndrome de Asperger, y al buscar información al respecto, ¡Calzaba perfecto! Recuerdo haberle dicho a mi esposo con angustia: “¿Y ahora qué hacemos?” y él responderme tranquilamente: “¡Lo enfrentamos juntos lo mejor que podamos!” Esta respuesta me samaqueó, pero me hizo aterrizar en que a pesar de que nunca se nos hubiera siquiera atravesado por la cabeza esta posibilidad, yo nunca hubiera creído que algo tan extremo nos podía suceder y en ese momento no nos quedaba otra alternativa que enfrentarlo lo mejor posible.
Llegó fin de año y para ese entonces yo ya trabajaba como profesora justamente en el colegio en el que él y sus hermanos estudiaban. Asistí a una charla que se dictó a las profesoras como parte de las capacitaciones. Esta fue realizada por una gran psicóloga y cuál sería mi sorpresa cuando supe que se referiría al síndrome de Asperger, y más aún mi asombro al ver en un solo diagnóstico todas sus características: ¡Mi hijo coincidía perfectamente!, así que decidí buscarla y pedirle que lo evaluara para que nos sugiriera si debía pasar de año o hacerlo repetir. ¡Yo continuaba en mi ingenuidad! Por segunda vez buscaba una salida rápida y fácil que me devolviera mi paz al día a día, porque yo estaba a punto de volverme loca. Esta psicóloga no era una especialista más, ella sabía muy bien su tema y sabía lo que nos decía y nos transmitió seguridad y confianza y seguimos durante mucho tiempo con ella. Tanto tiempo que llegamos a hacer una lindísima amistad y el día de hoy, muchísimos años después, trabajamos algunos casos juntas y no dejaríamos de tener un tiempo para tomarnos un café.
Era la última semana de clases del 2008, lo evaluó en 3 días y nos dio el diagnóstico: Estaba dentro del Espectro Autista, con el síndrome de Asperger. Posteriormente lo evaluó un neurólogo quien confirmó el diagnóstico.
En ese momento a estos trastornos se les llamaba Trastorno Generalizado del Desarrollo (TGD). Sentimos que el cielo y la tierra se nos juntaban, pero a la vez sentimos un alivio inmenso de saber que teníamos finalmente un camino que seguir. Ella nos sugirió que debíamos cambiarlo a un colegio más pequeño, donde supieran trabajar con niños con estas dificultades, así que sin pensarlo dos veces, lo presentamos a un muy buen colegio regular para niños con dificultades de aprendizaje. No sé si fue nuestra intuición, la confianza que ella nos transmitía o que Gazú nos decía al oído, “A ella si háganle caso”, pero mientras a los 17 anteriores los habíamos ignorado por algún motivo, hicimos cuanto ella nos decía y sentíamos que era lo apropiado para nuestro hijo. Por suerte, no nos equivocamos, ¡Nuestra intuición nos guió asertivamente!
Cuando fuimos a entrevistarnos a este colegio fue frustrante. Al entrar, mi esposo no pudo pronunciar palabra durante toda la reunión con la directora. Era frustrante ver y sentir como nuestras ilusiones, nuestras expectativas, nuestros deseos se iban tan fácilmente, porque ahora debíamos cambiar a nuestro hijo de su lindo colegio, el mismo al que iban sus hermanos, a uno donde habían muchos niños con dificultades, una situación que nunca estuvo dentro de nuestras expectativas; ¡Era como mudarse al sótano! Pero a pesar de todo, si era lo mejor para él, ahí lo llevaríamos. Así que lo llevé algunas veces para ser evaluado. Recuerdo haber manejado llorando durante por lo menos 4 o 5 meses. Cuando no me deprimía yo, lo hacía mi esposo y así nos íbamos dando aliento entre nosotros para manejar nuestras emociones, nuestra frustración, porque el resto, el que no vivía lo que nosotros, no era capaz de comprender, de imaginarse siquiera un poquito, lo que nosotros sentíamos; a pesar de ser familia, no podían ponerse en nuestros zapatos. Sólo nuestros hijos de 11 y 13 años nos podían comprender y claro, también su profesora, quien fue para mí un apoyo.
Pasaron 2 meses desde nuestra reunión con la directora de este colegio. Era febrero y las clases empezaban en marzo, sin embargo, no nos respondían si lo aceptaban o no. La angustia fue inmensa y cuando por fin nos llamaron para darnos una respuesta, mi esposo estaba de viaje por trabajo y debí ir sola. La respuesta fue que sus dificultades de comunicación eran tan grandes que debía ir a un colegio de educación especial. ¿Te imaginas? ¡Ahora era al subsuelo! ¡Ya no al sótano! Pero cómo va a tener problemas de comunicación, si él habla muy bien. Una vez más, la ignorancia en mí no me dejaba ver más allá. Recién en ese entonces aprendí lo que realmente es comunicarse, pero de esto profundizaremos más adelante, porque esta lógica la he encontrado muchísimas veces entre otros padres a quienes he ayudado después.
Regresé entre mocos y babas a mi casa donde mis hijos mayores me consolaban, siempre tan involucrados y dándonos su apoyo. Ellos han crecido sabiendo que hay personas distintas, pero que pueden ser geniales, han aprendido a tratar a personas distintas, a controlarse, a ser tolerantes, a saber, que su mamá puede derrumbarse y que todo es parte de la vida, aunque no lo hayamos planeado. Sin embargo, tampoco fue fácil para ellos porque el nivel de demanda de su hermanito y del agotamiento mío, no les dejaba a ellos mucha atención. Y tú dirás….entonces estás loca si sigues pensando que un hijo con autismo es un regalo del cielo, bueno… aún hay más.
Y siguiendo con mi historia, nos sugirieron un colegio que jamás se me hubiera ocurrido elegir por iniciativa propia para un hijo. Si el anterior nos había causado un nudo en el corazón, este nos impresionó aún más.
Sacamos cita con la directora y después de dos horas de conversación, descubrimos que existía un colegio con un altísimo nivel de calidad humana y profesional, tan distinto a lo que conocíamos que ni imaginábamos que existía. Estuvimos seguros de que era el lugar perfecto para él a pesar de que no fuera el colegio de nuestros sueños. Como en esta vida uno no puede complacer a todo el mundo, hubo quienes nos criticaron por decidir cambiarlo a ese colegio, tal vez porque su infraestructura no era impresionante como otras, o qué sé yo, pero fue la mejor decisión que tomamos y la volvería a tomar si regresara en el tiempo. Era un colegio de educación especial. Todo el equipo del Santa Magdalena Sofía Barat fue muy profesional y con una muy alta calidad humana. Gracias a su excelente trabajo, su compromiso, su gran cariño y dedicación, mi hijo fue capaz dos años después de regresar a su mismo colegio de educación regular. Conocí a mamás increíbles que nunca había conocido en los colegios regulares. Mamás dispuestas a hacerlo todo por sacar adelante a sus hijos; mamás que valoraban los detalles y los disfrutaban; mamás que me ayudaban a saber que no estaba sola y con quienes podía compartir. Aprendí que los niños a quienes se dice que tienen “problemas de aprendizaje” lo que tienen no es que no puedan aprender, sino que el problema es que aprenden distinto; diferente a como se enseña al común denominador, a otros ritmos y por otras rutas. Diferentes a como la sociedad ha decidido que debe ser, pero dentro de un sistema que no tiene espacio para aquellos que funcionan distinto y que a pesar de ello tienen mucho que aportar. Entonces el problema no lo tienen sólo ellos, sino también el sistema de enseñanza. Y que no sólo depende de sus profesores que ellos aprendan, sino principalmente de sus padres. En ese momento me dijeron que por el momento debíamos suspender el aprendizaje del inglés porque primero debía poder comunicarse en su idioma materno, y así hicimos el primer año.
Durante su segundo año en el Santa Magdalena, contratamos a una profesora de inglés en casa pero le resultaba muy difícil enseñarle. Ella tenía la mejor intención, sin embargo, se frustraba porque sentía que no lograba que él avanzara. Yo le decía que no se preocupara porque él tenía su propio ritmo y que necesitaba muchas imágenes, porque para ese momento yo ya sabía que su pensamiento era en imágenes. Anteriormente alguna de las tantas especialistas que lo evaluó nos había dicho que él nunca podría hablar inglés.
Yo tenía la certeza que él sí lo aprendería porque cuando jugábamos, yo le hablaba en dicho idioma y él claramente entendía todo, así que esto fue un indicio más, de que si yo no me dedicaba a enseñarle personalmente, él no avanzaría como yo quería que lo hiciera.
Durante este tiempo, él asistía a terapia emocional y pragmática, además de terapia en integración sensorial, clases de pintura y tae kwon do. Corríamos todos los días de terapia en terapia, de clase en clase; los sábados lo llevaba su papá, quien empezó a llegar de trabajar todos los días más temprano para poder hacer con él los ejercicios que habían sugerido que le ayudarían, tales como, carretillas, juegos rudos sobre la cama, etc. Yo me pasaba las tardes enteras, como todas las madres, recogiendo y dejando hijos, haciendo tiempo durante las sesiones de terapia, momentos que aprovechaba para ir avanzando mis estudios.
Al terminar mi carrera, como se imaginarán, tenía una gran ilusión por continuar dedicándome a enseñar, ¡Para eso había estudiado 5 años! Pero justo ese año, mi hijo empezaría en ese nuevo colegio y me necesitaría tranquila, sin apuros y con paciencia para ayudarle en su nuevo camino de aprender y avanzar, por lo que decidí dejar de trabajar para dedicarme a él con toda la tranquilidad del mundo. De tal manera que lo dejaba en el colegio y hasta que lo recogía, no hacía más que leer en internet todo lo que pudiera al respecto y cuanto libro sugerían yo me los compraba. Contacté con madres del mundo entero que vivían situaciones similares y escuchaba atenta todo lo que ellas ya hubieran aprendido. Iba poniendo en práctica lo que leía, amplié más mis conocimientos sobre la integración sensorial, la comunicación pragmática, y todos los aspectos que se necesitan conocer. En ese año, leí aproximadamente 120 libros. Estaba obsesionada y como soy vehemente no podía detenerme. Me daba cuenta que mi único aliado era el colegio especial, pero también sabía que no era una opción que él permaneciera ahí toda la escolaridad, porque sólo tenían el nivel de educación primaria. Tenía claro que, o yo me empapaba del tema o nadie lo sacaría adelante como yo quería y sabía que él podía hacerlo. Por suerte, mi esposo me apoyaba en absolutamente todo, cuanta locura se me ocurría él estaba ahí para apoyarme, al igual que mis hijos mayores. Todo lo que yo averiguaba, los cambios que quería implementar en casa, las formas, la alimentación, etc. todo fue aceptado y apoyado por él y esa confianza me daba las fuerzas y la seguridad de continuar. A pesar de que por una época pude parecer loca, él siempre me apoyo. Tuve soporte de un psicólogo y de un psiquiatra por un lapso de tiempo, porque era demasiado para mí y sola no podía. Sólo juntos hemos podido lograr que nuestro hijo el día de hoy a sus 16 años sea un chiquillo del que a nadie que interactúa con él se le ocurre que pueda estar en el espectro autista; no porque no nos moleste que sea TEA, sino porque implica que ha logrado aprender lo necesario para vivir en el mundo e interactuar adecuadamente por sus propios medios, ya que nosotros no estaremos para siempre con él. Nosotros lo sabemos e identificamos sus características, pero cuando nos insisten en que no tiene nada, prefiero tomarlo como un cumplido. El año pasado nos llamaron del colegio a felicitarnos por su increíble desempeño en todo aspecto, sabiendo lo difícil que había sido el camino recorrido.
Entre mis múltiples lecturas, los libros de Temple Grandin me resultaron especialmente inspiradores. Era distinto escuchar lo que sentía un autista desde dentro, que lo que decían las personas que habían estudiado sobre el autismo y me dio muchas luces de cómo intervenir. Me permitió comprender realmente la importancia de la integración sensorial y que poco se conoce de ella. Y lo que me marcó aún más fue el pensar, que su mamá en los años 50 y sin internet, fue capaz de sacarla adelante. Yo no tenía excusas para no hacer todo de mi parte teniendo a internet como mi aliado. Ella menciona constantemente en sus libros que solemos preocuparnos por sus conductas llamativas en lugar de verlas como reacciones a su forma de sentir los estímulos del ambiente.
Uno de mis primeros pasos fue asumir el control del equipo que trabajaba con mi hijo y no dejarlo en manos de alguien más. Así veía la forma de contactar a la psicóloga con la terapeuta ocupacional, quien fue clave también en su avance. Fueron apareciendo angelitos en el camino, que iban haciendo posible que él avanzara. No puedo dejar de mencionar, que yo solía ir bastante seguido a rezar al oratorio, porque ahí sentía paz y me sentía acogida y fue increíble descubrir y sentir tan claramente como mis dudas se desvanecían cuando tenía mi momento de paz. Entraba sin saber cómo solucionar alguna situación, manejar una conducta, enseñarle algo, o simplemente desesperada porque no había más paciencia en mí y salía recargada de sabiduría y paciencia y con ganas de seguir. Realmente sentía que Dios ponía en mi mente las respuestas. Así fui aprendiendo a pedir sabiduría más que cualquier otra cosa y poco a poco fui siendo capaz de ser más creativa, de manejar mejor ciertas situaciones y de tenerme paciencia a mí misma. Más adelante incursioné en la meditación y fue la evolución de esto, conectándome conmigo misma y con Dios, con el universo y dándome cuenta que las respuestas a todo están ahí para uno, sólo hay que decidirse a buscarlas.
Habíamos descubierto en mi hijo desde muy chico las habilidades artísticas que tenía, específicamente para el dibujo. Una enviada más llego a nuestras vidas: Conocimos a una artista que daba clases de pintura a niños distintos y encima vivía muy cerca nuestro. Así que él empezó a trabajar con Angélica, a quien también contacte con la psicóloga para que pudiera saber un poco más sobre sus características. Fue una gran aliada, pues fue a través de la pintura que tanto le gustaba, que se trabajó el seguimiento de reglas, el autocontrol de pataletas y las funciones ejecutivas, esas capacidades que permiten empezar algo y proseguir hasta el final. Además de que fue un boom para su autoestima. ¡Él mismo sentía lo hábil que era! ¡No todo era negativo! Qué importante es la autoestima en todo proceso y a veces pensamos que se trata de decirle a los niños lo buenos que son en algo, cuando en realidad, se trata de que ellos sientan lo hábiles que son. Para mí, tan importante como las terapias y buscar nivelar sus déficits, es el potenciar sus habilidades y aquello en lo que destacan, porque de esta manera su autoestima es alimentada y ellos crecen sabiéndose buenos en lo que hacen. Cuando sean adolescentes lo más probable es que las relaciones sociales les resulten complicadas y a pesar de trabajarlas y darles herramientas, no será el ámbito en el que más cómodos se sientan, pero si tienen desarrollado aquello en lo que sobresalen, tendrán una herramienta para compensar y sentirse seguros de sí mismos.
Aún nos faltaba buscar una ayuda para que socializara adecuadamente y aprendiera lo que era autoridad y jerarquía. Fue una gran amiga, quien me decía que yo había estudiado educación para ayudar a mi hijo y me sugirió que lo inscribiera en clases de tae kwon do junto con su hijo. Este fue otro eslabón que lo ayudó a aprender los aspectos que le faltaban. Más de una vez, invité a tomar desayuno a todo este equipo que tanto lo ayudaba a avanzar. De esta manera no habría excusas para no tenerlo presente durante ese compartir y retroalimentarse sobre él y así poderlo ayudar más motivados.
Dentro de mis múltiples búsquedas y conversaciones con mamás de otros lugares, supe que existía un protocolo para niños autistas: DAN! Defeat Autism Now! Un protocolo biomédico que leí completo y que me hacía recordar lo aprendido con Kim en Costa Rica, de manera que quise poder llegar a un especialista en este protocolo y cuál sería mi sorpresa, cuando de un laboratorio en USA, me recomendaron a un médico peruano, que se había especializado en este protocolo por tener un hijo autista. Aprendí que estos niños nacen con un metabolismo que no funciona bien. Sus sistemas gástrico e inmune son débiles, y al exponerlos a alimentos que no pueden digerir, han desarrollado muchas alergias, sus intestinos se han vuelto permeables, sus floras intestinales se han desbalanceado, no producen ciertas enzimas o aminoácidos, intoxicándose con el hongo Cándida Albicans, bacterias, y causando estragos a nivel neuronal, pues al final, el organismo es un todo.
Un par de años después llegó el momento en el que él debía salir del colegio de educación especial para asistir a la educación regular porque como saben, ¡Sólo se aprende a socializar, socializando! Sin embargo, es imprescindible haber adquirido las herramientas necesarias. Además, demostraba ser un chico sumamente inteligente y no queríamos ponerle la valla baja, a pesar de que en nuestras sociedades latinas, no existan colegios adecuados para chicos con TEA, por lo menos no hace 10 años. Ahora esto está avanzando algo, sin embargo, aún falta un largo camino por recorrer.
Muchas veces se cree que el síndrome de Asperger y el autismo son dos cosas separadas. Hasta antes del 2013, el DSM-IV, dentro de los trastornos generalizados del desarrollo (espectro autista), se dividía a los distintos trastornos dependiendo de ciertas características como el coeficiente intelectual, entre otras. El síndrome de Asperger, era un TGD en donde las personas tienen un coeficiente intelectual muy alto, no presentan dificultades de lenguaje y tienen obsesiones muy marcadas. No tienen realmente dificultades para tener vocabulario, sin embargo, no saben usar este código de forma adecuada para comunicarse correctamente. El nombre trastorno generalizado del desarrollo explica claramente que se trataría de un conjunto de trastornos caracterizados por retrasos y alteraciones cualitativas en el desarrollo de las áreas sociales, cognitivas y de comunicación, así como un repertorio repetitivo, estereotipado y restrictivo de conductas, intereses y actividades. En la mayoría de casos, el desarrollo es atípico, desde las primeras edades siendo su evolución crónica. La palabra “trastorno” indica que no funciona igual al resto e implica varios aspectos alterados, características que conforman una condición de vida distinta, más no una enfermedad. “Generalizado” se refiere a que afecta a todos los ámbitos del desempeño de la persona y “del desarrollo”, que desde el nacimiento presenta y continuará presentando diferencias que se pueden ir agudizando o no, dependiendo de la forma en que se le enseñe lo que necesita aprender para sobrevivir en el mundo real.
Hoy en día, y desde el 2013, el DSM-V ya no los divide y simplemente los llama Trastorno del Espectro Autista (TEA), porque realmente las características son las mismas, lo que varía es el nivel intelectual, la intensidad y frecuencia como se presentan estas características y manifestaciones, pero son las mismas y se manejan de la misma manera.
Fue un viernes lluvioso por la mañana, en el que no quise salir de mi cama porque me sentía deprimida, y sin darme cuenta, empecé a redactar en mi laptop lo que después sería un proyecto educativo de inclusión. Es decir, la forma como yo pensaba que debía de incluirse a estos chicos y en general a todos los que tienen cualquier necesidad educativa diferente y no apartados de la vida real. Le pedí a dos psicólogas que lo leyeran y opinaran al respecto y a ambas les pareció muy bueno, pero no quedaba ahí. Ahora tenía que ver qué hacía con estas hojas de papel, que hasta ahora no eran nada más que una idea sin ejecutar.
Mi idea era presentarlo en el colegio donde yo había trabajado y aún estaban mis hijos mayores, porque sería el único lugar donde tendría algún chance de ser escuchada. Una vez más, la vida puso en mi camino a una gran persona que creyó y confió en mí y me dio la oportunidad de implementar mis ideas en ese colegio. Además de ayudar a muchos otros niños y a sus familias, le dio la oportunidad a mi hijo de volver a su colegio y seguir avanzando por la ruta regular. Tuve la oportunidad de abrirle el camino de la manera en que él necesitaba. Así decidí hacer estudios de postgrado y me especialicé en Necesidades Educativas Especiales, Inclusión Educativa y Espectro Autista, luego en Integración Sensorial y Aprendizaje y finalmente hice un diplomado en dislexia. Buscaba que lo aprendido no quedara sólo para mi hijo, sino que muchos niños más pudieran beneficiarse también. Aunque realmente mis conocimientos más amplios y valiosos los aprendí en la cancha, en el día a día, con dolor y lágrimas.
A medida que fui trabajando con diversos niños, me daba cuenta de que muchos de ellos no avanzaban como yo estaba convencida que podían hacerlo. Fuera cual fuese su dificultad, no avanzarían desplegando todo su potencial mientras sus padres no asumieran que el que sus niños avancen, en gran parte, depende de ellos. Son ellos los que los acompañarán hasta adultos; los profesores, psicólogos, especialistas y terapeutas, serán muy importantes, pero estarán sólo durante un período de tiempo. Somos los padres quienes debemos convertirnos en expertos en nuestros propios hijos para poderlos guiar y acompañar hasta la adultez. Las terapias no se mudan a nuestra casa y las 24 horas de cada día son valiosas oportunidades de aprendizaje; las pataletas y las crisis son nuestras guías de por dónde debemos intervenir, preparar planes de acción y proyectarnos hacia qué es lo que esperamos lograr cuando nuestros pequeños crezcan. En esto de proyectarnos mi esposo fue una pieza clave porque su mirada muy objetiva y aterrizada nos hacía plantearnos una ruta. Cuando nuestro hijo no aceptaba un “no” por respuesta, un día me dijo: “Y qué hará cuando tenga 20 y una chica le diga que no, ¿la violentará?” O como una vez que yo terminé en emergencia con la espalda dañada por tratar de controlarle una pataleta a los 5 años, nuevamente él me hizo ver, que a los 15 no iba a poder controlarlo y que debíamos trabajar como prioridad el autocontrol, el aceptar “no's” por respuesta, entre muchos otros aspectos.
En situaciones extremas los padres muchas veces creemos que alguien de fuera va a poner soluciones mejor que nosotros y descansamos sobre los terapeutas. Tenemos miedo, no nos sentimos lo suficientemente pacientes, preparados o capaces, o, simplemente no tenemos tiempo. Todo esto es muy normal, pero tengo claro que no hay nada que el compromiso y el amor no nos hagan capaces de lograr. Este proceso en el que tenemos que hacer cambios radicales en nuestras vidas como padres, aunque en ese momento no podamos verlo así, no son más que oportunidades de crecimiento y avance personal.
Hace varios años empecé a trabajar también con papás de niños tanto en el espectro autista, como de niños con trastorno pragmático de lenguaje e integración sensorial, porque ambos trastornos comparten muchas características y los medios que se deben poner son los mismos. ¡El resultado fue asombroso! Fue evidente como sus hijos empezaron a avanzar por el camino correcto, en la medida que los papás se enfrentaban sus propias emociones y miedos, empezaron a aprender sobre cómo funcionan los cerebros de sus hijos, el porqué de cada peculiaridad, las necesidades que estos niños tienen, las estrategias para cada situación y dándose cuenta que ellos son capaces de poner los medios y de abrirles el camino en un mundo que para ellos es muy confuso. Eran capaces de poner límites de la forma adecuada y asumían de una forma diferente a sus hijos, descubrían la lógica que hay detrás de sus actitudes y empezaban a construir y a tomar conciencia de que realmente nuestros hijos con dificultades son un regalo del cielo, porque ellos nos enseñan a nosotros más de lo que nosotros a ellos. Nos hacen valorar la vida de distinta manera, enfrentar nuestros miedos, desarrollar habilidades y capacidades que no sabíamos que teníamos en nosotros, ¡Nos convierten en mejores personas!
Hoy en día trabajo no sólo con niños en el espectro, sino también con otras dificultades, como dislexia y aprendizaje en general, trastorno pragmático de lenguaje y cada uno de ellos me enseña muchísimo. Creo que, si la vida me los pone en el camino, es por algo, y muchas veces los casos más complicados son los que más satisfacciones me traen. Es genial crear las formas adecuadas para cada uno y verlos salir adelante, pero tengo claro, que avanzan más rápido y mejor, aquellos cuyos padres se comprometen e involucran con sensatez y conocimiento y que están dispuestos a hacer cambios.
Decidí escribir este libro 16 años después de haberme embarcado en una aventura que no busque, sino que ella llego a mí por algún motivo. Mi intención es tener oportunidad de llegar a más personas que pudieran beneficiarse de lo que yo aprendí y facilitarles un poco el camino. Si bien el camino es largo y cada etapa tiene lo suyo, cada niño y cada familia son distintos. Estoy convencida que el adquirir conocimiento es la mejor herramienta que podemos tener para enfrentar las situaciones e involucrarnos correctamente y de manera objetiva. Mi idea es plantear en los diferentes capítulos todos los aspectos que creo necesarios conocer para enfrentar de forma integral las diferentes situaciones. Son varios los eslabones que nuestros hijos necesitan para salir adelante son varios aspectos por trabajar, todos importantes.
En mi recorrido de búsqueda me crucé con todo tipo de aproximaciones hacia el autismo. Había quienes defendían que los niños neurodiversos debían ser aceptados como eran y no forzarlos a ser diferentes, que, para no sentirse aislados, lo mejor sería mantenerlos con otros autistas para que se sintieran cómodos entre sí y organizaban grupos de niños autistas para actividades en común, lo cual es válido.
Coincido totalmente con que todo ser humano debe ser aceptado como es, no ser cambiados de lo que son y que estos chicos tienen que gozar de nuestra paciencia, pero no coincido en lo demás. Creo que los papás no estaremos para siempre a su lado y que necesitamos formar niños que se conviertan en adultos autónomos, capaces de vivir en el mundo porque es ahí donde tendrán que desempeñarse. Sin duda, mantendrán sus peculiaridades siempre, su esencia es su esencia, y lo más probable es que busquen amistades afines a ellos, pero que nuestra tarea es enseñarles a sobrevivir en un mundo complicado, a quererse y aceptarse como son, a conocerse porque van a ser felices en la medida que estén bien consigo mismos. A tener una alta autoestima, a desarrollar sus habilidades y obsesiones porque lo más probable es que en ellas esté su profesión en el futuro, a desarrollar desde niños las habilidades sociales y la comunicación necesarias para desempeñar esa profesión.
Debemos hacernos a la idea de que el significado de felicidad para ellos no necesariamente sea el mismo que para nosotros, pero que si lo que queremos es que sean felices, hay que acompañarlos en su búsqueda, al fin y al cabo, la felicidad está dentro de cada uno.
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¿CÓMO DISTINTOS?
Aunque no existen dos seres humanos iguales, hay un grupo de personas que coincide en presentar ciertas características en su desempeño. A estas personas, la psicología y/o la psiquiatría los ha ubicado dentro del espectro autista, lo que podría entenderse como un continuo paralelo donde sin considerar el nivel intelectual o las capacidades y habilidades que tengan, comparten ciertos criterios. Estos indicadores los hace tener una forma de pensamiento y aproximación a la vida y al mundo distinta a las personas que no pertenecen a dicho espectro. Si bien estas características pueden manifestarse en distintas intensidades y frecuencias o ante distintos detonantes, las características son las mismas y la forma de ayudarlos a aprender a sobrevivir en un mundo confuso para ellos, son también las mismas. Estas manifestaciones se dan en todos los aspectos de sus vidas y sus principales diferencias se hacen evidentes en las habilidades sociales, las dificultades de la comunicación pragmática, el desorden en integración sensorial y las obsesiones e intereses restringidos. Dos seres humanos no son iguales, por lo que dos personas autistas tampoco lo son.
Imagina una nube en la que están flotando varios desórdenes en distintas intensidades y cada uno de ellos se manifiesta de una forma diferente. Cada persona podría tener su propia combinación de dificultades con distinta intensidad, pero igualmente compartirán las características básicas. Y además tienen comorbilidad con otros trastornos, como déficit de atención, problemas de aprendizaje, dislexia, síndrome de Tourette, entre muchos otros, confundiendo aún más los diferentes cuadros. Me he encontrado con diagnósticos equivocados por lo confuso de los distintos casos y que por falta de conocimiento o experiencia del especialista que en su momento realizó la evaluación, recién concluyeron cuando la persona tenía 20 años de edad que se trataba de un trastorno del espectro autista, lo que limitó a esa persona de haber aprendido a temprana edad lo necesario para integrarse mejor en el mundo. He visto varios casos de jóvenes cuyos padres vivieron siempre convencidos de que tenían déficit de atención. Llegaron a esta conclusión y recibieron terapias para esta dificultad, lo cual posiblemente ayudó en algo, aunque dudo que, en toda su dimensión, pero las dificultades atencionales son también parte del espectro autista, sin ser necesariamente, déficit de atención.
Hay un grupo de personas que, sin estar consideradas dentro del espectro autista, presentan características de un trastorno pragmático del lenguaje. Son niños que, si bien les faltan algunas características para ser considerados autistas, comparten muchas similitudes con aquellos que sí y por eso creo que este libro ayudará también a sus padres y profesores a entenderlos y ayudarlos de una manera más asertiva. Este podría considerarse un trastorno primo-hermano. Si bien estos niños no tienen dificultades en habilidades sociales, sí pueden terminar teniéndolas, debido a sus dificultades cuando se comunican en caso de no recibir la ayuda adecuada.
Las personas autistas tienen una mente que funciona distinta a una mente “normal”. Más que “normal” yo diría una mente como la de la mayoría, porque lo normal realmente no está definido. Si estuviéramos en un auditorio lleno de personas autistas y hubiera unos poco no autistas (neurotípicos) lo más probable es que el pensamiento “normal” fuera el hiperlógico, el literal, rígido y visual que suelen presentar los autistas.
Podríamos explicar este pensamiento como que es una mente que fue cableada totalmente de distinta manera, y que, si buscáramos recablearla de nuevo, en el supuesto que esto fuera posible, no quedaría ni lo que es ahora ni lo que quisiéramos que fuera. Al ser una mente cableada de una manera tan distinta necesita ser comprendida y enseñada según su propio “manual de procedimiento” y la mejor manera de ayudar a estas personas a sobrevivir en el mundo es por un lado aprendiendo nosotros a sensibilizarnos a sus necesidades y por el otro lado, enseñándoles de la forma como ellos pueden aprender. Para ambas cosas lo que requerimos es un nivel de compromiso muy alto, así como de un alto grado de conocimiento sobre el funcionamiento de su pensamiento.
Para poder entender a las personas con Trastorno del Espectro Autista necesitamos conocer cómo las diferencias de pensamiento pueden afectar su vida diaria y para esto es necesario e interesante tener claro cómo es que el ser humano procesa la información todo el tiempo y cómo es que se da la actividad cognitiva en cualquier persona. Este procesamiento de la información se da en 3 etapas: Entrada o input, procesamiento y respuesta u output. Cuando todas estas etapas fluyen correctamente, la respuesta de la persona es adaptada a la situación y exigencias del medio. En las personas con TEA este procesamiento se da de forma diferente.
La mejor manera de entender las diferencias de pensamiento que originan los problemas que experimentan estas personas es dividiéndolas en dos categorías:
Problemas con el manejo de la información y
Problemas con la interpretación de la información.
Veamos una por una para poder comprender mejor.
1.- PROBLEMAS CON EL MANEJO DE LA INFORMACION
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